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Tuve la suerte de ver jugar muchas veces a Zinedine Zidane en el Bernabéu. Era un jugador extraordinario. Dicho esto, nunca hubiera pensado que ZZ fuera a dedicarse a entrenar y, mucho menos, que se convirtiera en entrenador del Real Madrid. Me hubiera costado imaginar a ese ZZ que musitaba, más que hablaba, dando 4 ruedas de prensa semanales o arengando a 25 superestrellas egocéntricas.

Sorprendentemente, Zinedine quiso ser entrenador y, con la misma determinación con la que jugaba, se preparó para ello. Primero, como ayudante de Ancelotti en un papel indeterminado (el segundo entrenador era Paul Clement), y después en el Castilla, en una labor en la que tenía poco que ganar y mucho que perder. De repente, tras un gol de Alcácer, al que el madridismo nunca estará suficientemente agradecido, Benítez fue despedido y llegó Zinedine al Madrid.
Fue recibido por la prensa deportiva con una mezcla de desprecio (“el entrenador que no ha ganado a La Roda”), y mala educación (“enchufado que pasaba por allí”). Zidane apareció con una sonrisa beatífica y con un par de cosas que pasaron más desapercibidas: una mirada que, si te fijas bien, parece anunciar un cabezazo inminente a Materazzi, y unos ayudantes que parecen los hermanos mayores de los amigos de Benzema. Su presencia física se aderezaba con un discurso simple, alejado del lirismo tan de moda en el fútbol español.

Sus comienzos fueron interpretados por la prensa especializada como lo esperado de un entrenador que, en realidad, era una “pantalla del presidente”. Isco y James al campo, Lucas y Casemiro a la grada, mimos a las estrellas y fútbol abierto ante rivales fáciles. Eso si, él insistía en la importancia del trabajo, la solidaridad y se oían rumores sobre la dureza de sus entrenamientos. A finales de Febrero llegó un partido contra el Atlético de Madrid en el Bernabéu que marcó la temporada del Real Madrid y el devenir de Zidane como entrenador. Ese partido lo perdió el Madrid contra un Atlético, que había jugado Champions 48 horas antes, con un gol de Griezmann que puso en evidencia la actitud defensiva de algunos jugadores (James, en particular). Ese día, a Zinedine se le borró la sonrisa y algunos, dentro y fuera del vestuario, percibimos que algo importante había cambiado: Zidane había decidido ser el entrenador que quería ser. A partir de entonces, Casemiro y Lucas al campo, Isco al banquillo, James al limbo y el resto a rotar. Es obvio que la catarata de victorias (sobre todo la del Camp Nou) en Liga y Champions reforzaron la idea de ZZ, pero es justo reconocer que, incluso tras el fiasco de Wolfsburgo, mantuvo un criterio firme de como debía gestionar ese final de temporada que culminó con la conquista de la 11ª y con 12 victorias consecutivas en Liga.

Situados al comienzo de la temporada 16-17, con otro titulo conquistado más, parece claro que el Zidane entrenador no se parece al que los expertos de la prensa deportiva esperaba. Lejos de no tener un plan definido, como algunos continúan afirmando, lo tiene y lo está ejecutando punto por punto. Muy influenciado por sus años en Italia, concede una importancia capital a la calidad física de los jugadores y exige una buena actitud defensiva al grupo. No intenta ser innovador en la parcela táctica, pero ejerce un liderazgo incuestionable, basado en su autoridad como “jugador legendario” y en un trato cercano, mezclado con una meritocracia insólita en el Real Madrid reciente. A partir de ahí, está construyendo un equipo sólido, versátil, más cómodo practicando un fútbol vertical, pero también capaz de instalarse en campo contrario y dominar el partido desde allí. Tácticamente parte de un 4-3-3 que convierte en un 4-1-4-1 o incluso 4-5-1 en función de las circunstancias, habiendo sido capaz de meter en la dinámica de la competición a 18-19 jugadores.

No parece Zidane muy interesado en pasar a la historia como un entrenador innovador “a lo Guardiola” ni como una estrella mediática “a lo Mourinho o Klopp”, más bien parece querer emular a entrenadores de la antigua escuela, donde la táctica no era tan compleja, el grupo estaba por encima de las individualidades y la autoridad del entrenador no se discutía. En el fondo, el Zidane entrenador no es muy diferente al ZZ jugador: un líder discreto e indiscutible de la mejor Francia de la historia, elegante…., y ferozmente competitivo. En efecto, muchos olvidan que, además de hacer esos controles imposibles y esas ruletas maravillosas, ZZ como jugador lo ganó TODO: Mundial, 2 Eurocopas, Ligas y Copas en España e Italia, la Champions… Así que, no se dejen engañar por su sonrisa y su hablar pausado, a ZZ le gusta que su equipo juegue bien al fútbol pero, sobre todo, que sea competitivo en cualquier circunstancia. En ello está.

Escrito por Carlos Lumbreras (@todoalposte)

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