La presentación de Zinedine Zidane como entrenador del Real Madrid ha supuesto para toda mi generación, esa que nace futbolísticamente con el debut de Raúl en Zaragoza y disfrutó de tres Copas de Europa en apenas cuatro años, una grieta insalvable en los cimientos de una juventud que, desde ese mismo día, es ya más un recuerdo que una realidad patente.

Se ha analizado en esta semana parte de lo que suponía para nosotros ver cómo el jugador emblema de aquel Madrid galáctico con el que pasamos nuestra pubertad, se convertía en entrenador del primer equipo. Todo recuerdo futbolístico de esa época maravillosa tiene algún resquicio de Zidane, porque Zidane fue para nosotros el hombre que nos hizo comprender que el Real Madrid era mucho más que un equipo de fútbol, más que una marca o una institución deportiva, eran dos palabras que englobaban una forma de vida con la que conviviríamos por el resto de nuestros días.

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Todo madridista nacido a mediados o finales de los ochenta recuerda dónde estaba cuando presentaron a Zizou. Como cuando cayeron las Torres Gemelas o con el cabezazo de Ramos en Lisboa, son momentos que se cincelaron en una parte recóndita de nuestro cerebro para no irse jamás y uno se acuerda del lugar, los olores, los momentos previos y los posteriores a todo a esos hechos trascendentales. Yo, recuerdo, estaba en casa. Por aquella época, a principios del siglo XXI, un niño madridista sabía que los reyes magos venían dos veces al año: una la noche del cinco de enero y otra en verano, en forma de fichaje galáctico y de la mano de un rey Midas llamado Florentino Pérez. Figo había sido el primero, Ronaldo y Beckham vendrían después, pero ninguno, por muy grandes que todos fueran, pudo eclipsar a Zidane.

Hasta la presentación de Cristiano años más tarde o las ruedas de prensa de la época de Mourinho, pocas veces había prestado tanto interés por un acto no deportivo del Real Madrid. Casi una hora antes ya estaba pegado al televisor, esperando verlo aparecer con la camiseta de mi equipo que ahora, gracias a Dios, hacía el suyo también. La prensa dijo que todavía no se le había asignado dorsal y él asomó en el palco con el 5, sorprendiendo a todo el mundo. Siempre había sido el diez, la estrella de cualquiera de los conjuntos en los que había jugado, pero supo dividirse entre dos para multiplicar el potencial de su nuevo equipo por mil. Era el gran reto que el genio debía afrontar: dejar de copar el trono de una Juventus perfilada para él y acoplarse a una galaxia de estrellas construidas para conquistar el universo. Y lo hizo a la perfección.

Los medios de comunicación se echaron las manos a la cabeza con su precio, probablemente los setenta y seis millones de euros mejor invertidos de la historia de la humanidad. El Bernabéu más piperil, ese de auriculares, boina y puro, le silbó durante semanas por su ascendencia argelina, por su coste, por su ya patente falta de pelo o vaya usted a saber. Ya saben cómo es esa afición, lo mismo pitan a uno de los cinco mejores jugadores de la historia que te ganan una eliminatoria de Champions desgañitándose hasta la extenuación. Una curiosa y odiosa contradicción.

Satellite

 

Hace unos días Zinedine Zidane volvió a ser presentado en el estadio Santiago Bernabéu. En esta ocasión había menos medios acreditados y no hubo ninguna camiseta con el número cinco a la espalda. Esta vez Zizou se convertía en entrenador del Real Madrid y yo, otra vez delante de la pantalla como catorce años atrás, me debatía entre dos sensaciones contrapuestas. Por un lado, el miedo a que aquel hombre al que tanto había admirado pudiera ser objeto de mi crítica meses después. Por otro, esa a la que me intento aferrar con todas las fuerzas de que dispongo: la ilusión inconmensurable que me produce tener a uno de los mejores futbolistas que mis ojos han visto gestionando el futuro deportivo del equipo de mi vida.

Ahora, con la retirada de Raúl y con Zidane vestido con traje y corbata en la banda del Bernabéu, mi infancia queda enterrada para siempre. Es hoy cuando comienza una etapa de madurez donde casi todos los jugadores de primera división son más jóvenes que yo, donde los niños ya no cambian cromos en los columpios del parque y las terceras equipaciones se alternan entre los colores del arco iris. Pero también es hoy, el día después del primer partido del mago como entrenador del Real Madrid, cuando mi ilusión por este equipo sigue tan inalterable como hace más de una década cuando lo presentaran como jugador. Porque si algo transmite Zidane es eso, ilusión. Y eso es, a día de hoy, lo que más falta nos hace a todos.

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