Semana de Champions, semana de sueños, semana de violines. Vuelve la máxima competición continental. Música celestial, huele a Copa de Europa. No importa cómo vaya el Real Madrid en el Campeonato Nacional de Liga, no importa el ridículo en la Copa del Rey ni haber cedido a Cheryshev al Valencia para que éste, con un gol postrero, saque a los chés del infierno que supone estar en puestos de descenso, cuando hay jornada de Champions League el Real Madrid se viste de domingo. Es su competición por excelencia, aunque no la ganemos es nuestra competición. El estado de ánimo de los madridistas es otro cuando un partido de Copa de Europa está a la vuelta de la esquina.

 

 

El Real Madrid debe seguir alimentando su leyenda a fuerza de noches gloriosas en el viejo continente, así nos hicimos grandes, con partidos ya remotos que el madridismo más contemporáneo ha ido reviviendo a través del boca a boca, de imágenes en blanco y negro, de relatos en libros consagrados. Así fue hasta el año 1998, cuando Mijatovic nos hizo mudar la piel. Somos otros desde entonces, renovados, optimistas, sabiendo lo que se siente al ser campeón de Europa, el orgullo de salir a la calle esa misma noche a celebrarlo y la felicidad invadiendo todo nuestro cuerpo al día siguiente. El Real Madrid haciendo historia y nosotros formando parte de ella, con nuestros ojos viéndolo, con nuestras lágrimas viviéndolo. ¿Hay algo más grande que eso? Ni un Mundial de España supera una Copa de Europa del Real Madrid.

 

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Cierro los ojos y veo a Modric dando unos pasos hacia atrás, disponiéndose a sacar un córner que cambió nuestras vidas. Y es así. Mírate y compruébalo. Eres otro antes y después de aquel saque de esquina. Un madridista deprimido, hecho polvo, hundido antes de que aquella pelota volase al corazón del área pequeña y un madridista eufórico, feliz, dichoso, lleno de gozo después de aquel cabezazo inapelable. Segundos que cambian nuestras vidas. No es sólo fútbol, no se trata únicamente de once hombres en calzoncillos, como algunos definen a este deporte en su intento de menospreciarlo. Es mucho más. Es una manera de ser, una forma de estar en el mundo, algo que da forma a tu personalidad y que condiciona tus días cuando hay partido. Es un sentimiento, amor por un escudo y unos colores; pasión por llevar una bufanda al cuello o por ondear una bandera. Es esa manera en la que se te eriza la piel cuando el gol es una realidad, ese temblar de piernas subiendo las escaleras que te llevan a tu asiento en el Bernabéu. No es sólo fútbol, no es únicamente un deporte. Es tu club, tu equipo, algo que forma parte de tu familia porque así lo has querido, porque así lo has elegido y porque de esa manera lo vives, lo sientes y lo sufres. Soñar la noche anterior con el partido y no dormir ese mismo día por la felicidad que invade tu cuerpo tras el triunfo o por el pesar que supone la derrota. He ahí tu madridismo. Que no te lo arrebaten, que no lo subestimen, que no te enseñen a llevarlo. Sólo siéntete orgulloso.

 

 

Vamos dejando que pasen los días hasta que llega el siguiente partido de Copa de Europa. Estamos locos por esas fechas. En vivo o por la tele, nuestros corazones laten al unísono y un grito ahogado sale de nuestra garganta: ¡Hala Madrid, hijos de puta! Cada partido del Madrid en Champions es un hito en nuestras vidas, es decir que no a todos los planes, es sentirte afortunado por sumar a tu historia personal un partido más del mejor club del mundo. Yo siempre voy a recordar la sonrisa de mi padre en todas y cada una de las Copas de Europa que el Madrid ha ganado teniéndolo al lado y espero que haya muchas más con él. Porque el fútbol es también eso, una colección de momentos imborrables e impagables. No hay nadie que no sepa dónde estaba y con quién en cada uno de los goles que ha marcado el Madrid en sus finales de Champions League. Y se acaba el partido y abrazas a todos esos que están ahí contigo. Y puede que hasta lloréis juntos como niños pequeños o incluso os hagáis daño en una celebración eufórica. Bendito fútbol. Bendito Real Madrid. Nos abruma de felicidad o nos sumerge en la desdicha más profunda. Y todo ello, con nuestro consentimiento, porque así lo hemos querido, porque, en realidad, no puede ser de otra forma. Tú llámalo como quieras, yo lo llamo amor.

 

 

Empieza de verdad nuestro viaje en Europa. Primera parada, Roma. La distancia que marca la geografía no nos hará estar lejos de nuestro equipo. Cada uno alienta a su manera, tampoco deben adoctrinarnos en eso. A mí, todo lo que no sea aplaudir a Iniesta en el Bernabéu, me vale. Sonará el himno de la Champions con nuestros muchachos mirando al frente y un hormigueo recorrerá nuestras manos. Son nervios. Es fútbol. Hemos caído en su hechizo y jamás lograremos escapar de él. Cuando ruede el balón, el sueño de la Undécima volverá a ser una realidad. Luego el destino, generoso y cruel a partes iguales, dictará sentencia. Yo creo.

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