En ocasiones, la mente humana tiene suficiente energía como para imaginar cosas que no han tenido lugar, con más fuerza de la que emplearía si hubieran pasado. Y es que, como recitaba Sabina (y lo justo sería añadir que también otros antes): “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca sucedió”.

 

Movido por las constantes especulaciones y agitaciones de la prensa respecto al tema de una hipotética vuelta de José Mourinho al Real Madrid, me he visto obligado a recurrir a otras publicaciones del verano de 2013 donde expresaba un profundo lamento por lo que consideraba una de las derrotas más traumáticas del Real Madrid: la marcha de un entrenador que, a mi parecer, cambió la historia reciente de mi equipo. Su paso podría resumirse como el del que logró despertar a un gigante dormido, y con él, a una parte de la afición, la más joven, que no había visto a su equipo competir nunca como en aquellas tres temporadas. Pero quiero dejar esta etapa para el final. De momento no hago más que preguntarme: ¿…Y si fuera cierto?

 

El caso es que un mes después de aquello llegó Carletto. El italiano certificó de manera indiscutible todas esas teorías de los ciclos de “mano dura” y “mano blanda” que se repiten sistemáticamente en el club blanco, y cómo después de un míster más duro y exigente, el vestuario queda preparado para vencer con otro de más mano izquierda (ojo, sólo eso no basta. Hay que ser muy bueno). Logró, junto a un gran segundo entrenador, algunos brillantes reajustes tácticos y la ayuda de un vestuario con sed de venganza hacia su predecesor, la ansiada Décima. La consecución de la Copa del Rey en Mestalla contra el Barcelona, una encomiable racha de 22 victorias consecutivas, la Supercopa de Europa, el Mundial de Clubes y un juego bonito y efectivo bastaron para saciar a buena parte de la plantilla, que una vez más quitaba el pie del acelerador hasta detenerse casi por completo en la segunda temporada del transalpino. Quedaba de nuevo al descubierto su escaso orgullo, saciado con poco más que una Liga, una Champions y dos Copas del Rey en 7 años, por 11 títulos del Barcelona, hablando sólo de esas tres competiciones. En el mundo futbolístico en que nos movemos, estos son números de un Atlético de Madrid (si no fuera por la Champions, claro).

 

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El duro año en blanco, sumado sobre todo a la desoladora imagen que dejaba el equipo, provocaron la contratación, esta temporada, de Rafa Benítez. Se trajo al madrileño buscando una reacción del consentido vestuario; una vuelta a la intensidad que se logró antes de la llegada de Ancelotti; una reacción que hoy sigue sin llegar, al menos cuando tiene que hacerlo. Lejos de volver a mostrar su mejor cara, o al menos una mínimamente competitiva, el equipo no parece muy por la labor de campeonar tampoco este año. Mismos patrones. Una indolencia extremadamente tóxica para el aficionado, pero también para las vitrinas del club más grande del mundo, que ven cómo las copas llegan a cuentagotas, mientras que el máximo rival las consigue prácticamente de tres en tres. ¿Qué más tiene que decir Piqué para que les duela? ¿Cuántos partidos más hay que perder con la perorata final de “nos ha faltado actitud, a mí el primero”? Teniendo un equipo tremendamente potente, al menos en cuanto a nombres, ¿por qué no carburamos? Da la sensación de que es indiferente quién se siente en el banquillo, ya que el poder de la institución reside en cuatro pesos pesados del vestuario.

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Y es aquí donde una vuelta al comienzo del artículo se hace necesaria. La frase de Sabina, junto con las elucubraciones de estas semanas, me impiden quitarme de la cabeza una hipotética vuelta de Mou. Mi apoyo a Rafa Benítez queda aparcado sólo durante un momento para recordar todo lo bueno que hizo por mi equipo el entrenador luso.

 

Un término tan importante como lo es la meritocracia dejó de ser ajeno a nosotros; se acabó eso de jugar por nombre, o por el número de la camiseta. Nos enseñó algo ignorado por el madridismo, olvidado y apartado en un rincón: que los jugadores debían morir en los entrenamientos para ganarse la oportunidad de poder defender la camiseta del equipo más grande del mundo cada día. Se acabó el “borrarse” en un partido intrascendente. ¿Qué es esa falta de respeto a la afición? De Mourinho también me maravillaba su manera de blindar el vestuario centrando en él mismo todos los ataques externos, de tener a raya a la prensaJosé se fue, pero el mourinhismo se quedó. Y es lo que más deben temer los jugadores que no den todo por el escudo, ya que si hay algo que quedó claro en esos años que no hay nadie, absolutamente nadie, por encima de él.

 

En el caso de que todos estos logros no fuesen válidos, también hay razones puramente deportivas por las que aplaudir el paso de José por el Real Madrid. Y es que hemos visto que todavía Florentino no olvida que, cuando llegó, el club que preside ocupaba el puesto número 13 del ránking de la UEFA. Si alguien piensa que dejarlo en el primer lugar a su marcha no es meritorio, tiene algo más que problemas de visión. El salto cualitativo que experimentó el Real Madrid desde su llegada fue espectacular, y de no ser por una ausencia de fortuna en los momentos claves de final de cada temporada, podríamos haber vivido una etapa verdaderamente dorada. Se nos olvidó por fin eso de caer eliminados a las primeras de cambio en la Champions, y desaparecieron los bochornos coperos contra clubes de Segunda B. El Madrid volvía a ser un club serio, temido de verdad en toda Europa. Su cambio fue tal con la llegada del portugués que, mirando a los ojos al “mejor equipo de todos los tiempos”, les arrebatamos una Liga, una Copa y apeamos en varias ocasiones en torneos del KO en las tres temporadas en las que Mourinho estuvo aquí. Hizo creer a la plantilla como nadie que estaban a su altura, que eran el Real Madrid, y que podían ganarle cualquier título. Cualquiera. Pero no quiero olvidarme de hacer una referencia a lo que para mi es lo más importante, y lo que más echo de menos últimamente: cada partido acababa con una plena sensación de orgullo en el aficionado. Sus jugadores, ganaran, empataran o perdieran lo habían dado todo. Todo eso, concentrado en esos tres años, hizo que estos fueran los más pasionales para mí desde que acompaño al Real Madrid, y a la vez fuente de un agradecimiento hacia su figura que durará toda la vida.

 

Como decía, la escasa profesionalidad de la plantilla, sumado a una prensa que aún en nuestros días cuenta con demasiada influencia en el aficionado medio, pesaron demasiado en un proyecto que no había podido hacerse con la Copa de Europa en ninguna ocasión, quedando a las puertas de la final cada temporada. Sin duda (y esto es un dato irrebatible) Mourinho gestó un equipo competitivo que Carlo aprovechó para guiar mansamente y de forma efectiva, a un vestuario que tenía la espinita clavada de la Champions. Esto le valió una temporada. Después de esto, vuelta a la realidad. La cruda realidad. Jugadores endiosados y conformistas que arrasan con la ilusión de los aficionados, que tienen que conformarse con goleadas a equipos pequeños para sucumbir sin oportunidad de remediarlo contra rivales de entidad. No demos a esos los jugadores ese poder. Y menos aún si el mismo problema se extiende hasta nuestros días. Si estos no le permiten a Benítez hacer su trabajo, no pueden quedar indemnes. Son los culpables silenciosos de esta historia, y las consecuencias deben recaer sobre ellos. Si Benítez es despedido, tiene que venir alguien que reconduzca esta dramática solución. Que haga una limpia, y que reconduzca al resto. Y ese alguien no es otro que José Mourinho. Un entrenador con el que todo se reduce a una preciosa máxima: quien no rinde, no juega. Y punto. No hay más. Quizá sea esta la razón de peso que haga que en mi cabeza resuene una y otra vez la misma pregunta: ¿…Y si fuera cierto que vuelve?

 

Jugadores derrota

@Jai1995RMCF

 

 

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