Yo no recordaba qué era eso de jugar con portero. Con un portero profesional, me refiero, no con alguien que se calza unas botas de fútbol, se pone la camiseta del Madrid y hasta el brazalete de capitán y se coloca debajo de la portería para no volver a salir de ahí hasta que el árbitro indica con su pitido final que es hora de enfilar el camino hacia los vestuarios. No recordaba qué era eso de vivir un córner en contra del Real Madrid sin ponerme nerviosa, ni qué era eso de relajar esfínteres en cualquier centro lateral. Me había acostumbrado, si es que una puede acostumbrarse a eso, a que cada vez que el adversario merodeaba el área y se atreviese a lanzar a puerta, el balón terminase besando la red. Y otra vez a sacar de centro. Y otra vez Cristiano Ronaldo a remontar el partido que aquel portero del Real Madrid se empeñaba en perder. En esas andaba el madridismo hasta ahora.

PENAL
El portero de mentira se fue con su saco de dinero y la portería pasó a ser ocupada por el guardameta de verdad, que aguardaba paciente y silencioso en el banquillo, esperando que Ancelotti hiciera uso del sentido común. Pero no. Y así se vio Carletto fuera del Madrid, comprobando con sus propios ojos que dejó de ser entrenador del mejor club del mundo porque él así lo quiso. Prefirió vivir en paz al mismo tiempo que cada día que pasaba era un título que se esfumaba y un minuto menos para él en el Real Madrid.

 
Keylor Navas se viste de negro impoluto, de la cabeza a los pies. Y no voy a pasar por alto un detalle que me mata de amor: sus botas. Enteramente negras, sin ningún color en ellas que resalte más que el escudo que lleva en la camiseta, en lo que es un paseo por el fútbol más clásico y puro. Salta el tico al campo con la cabeza alta, se coloca en su sitio, que no es sólo debajo de los palos, sino abarcando todo el área y alrededores y una da cuenta de su elegancia, de su porte, de su plasticidad, de sus reflejos, de su velocidad, compromiso y profesionalidad. Una ve a Keylor Navas y murmura para sí: tenemos portero.

 

Ante el Betis, el internacional costarricense se marcó un partido de porterazo y héroe. Iba a por todos los balones, se los arrancaba de los pies a los delanteros, haciendo gala no sé si de talento innato, pero sí de una velocidad de piernas que igual no le permiten dar volteretas, pero que sí reflejan el trabajo en los entrenamientos.

 

El público que se desplazó hasta la Castellana para presenciar el estreno liguero de su equipo empezaba a rendirse. Casi sin venir a cuento, el colegiado señaló penalti de Varane. Rubén Castro colocó el esférico, dio unos pasos hacia atrás que después hubo de recorrer para lanzar a portería y Keylor Navas se estiró parando la pena máxima y agarrando el balón y el gol de la honra verdiblanco.

 

Cabe reseñar con entusiasmo no sólo la atajada en el penalti, sino también el hecho de que el tico se quedara con el balón entre sus brazos, impidiendo cualquier tipo de segunda jugada a través de un rechace. Echaba de menos también un portero que no le diera asistencias a los delanteros rivales. Y entonces ocurrió. Eran aproximadamente las once y diez de la noche del domingo 25 de agosto de 2015.

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El estadio Santiago Bernabéu coreó el nombre de Keylor Navas. A pleno pulmón. Al mismo tiempo, en algunas redacciones de algunos periódicos y en más de una cabina de radio, se sucedían gestos de rabia con bilis sostenida. Tengo que reconocer que me emocioné, que sentí cómo se me erizaba la piel. Me alegré tantísimo por Keylor…no sólo como portero, también como hombre, como ser humano. Se lo merecía. Se lo merecía por la temporada que pasó en el ostracismo, viendo pasar delante de sus ojos a un portero titular que era peor que él. Se lo merecía por su profesionalidad, por no levantar la voz ni mandar recados ante su suplencia, siendo como era entonces el mejor portero del último Mundial.

 

Se lo merecía por su paciencia, por su esperanza, por sus oraciones. Me alegré por Keylor Navas y su familia.

 
Se merece triunfar en el Real Madrid. Está preparado para ello. Se ha ganado el poder volar de un palo a otro de la portería defendiendo el escudo del mejor club de la historia. Es Keylor Navas. Es pura vida. Es mi portero.

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