¿Con qué ganas se sienta una delante de la tele a ver un partido de Liga del Real Madrid? ¿Con qué motivación vas y te sacas una entrada para ir al Bernabéu y te metes unos cientos o miles de kilómetros entre pecho y espalda? ¿Con qué ilusión esperas a que llegue el fin de semana para ver un partido del Madrid?.

 

Aceptamos los siete puntos de ventaja del Barcelona sobre el Madrid, los ocho, los nueve, incluso que estén trece puntos por encima. Los aceptamos con la resignación de saber que hasta el rabo todo es toro y hasta el minuto 93, Real Madrid. Los aceptamos con la esperanza del clavo ardiendo, de saber que mientras hay vida, hay esperanza y que el Madrid es experto en revertir situaciones comprometidas. Nos mantuvimos en eso que llaman carro, del que algunos se suben y bajan como si de un ascensor se tratara, pusimos toda nuestra fe y nuestro empeño en el partido contra el Barcelona. Ahí estaba nuestro futuro, nos decíamos. Y así fue. Hasta que Kovacic le puso una autopista hacia al área a su compatriota culé  y morían de golpe todas nuestras ilusiones. Pasó la Navidad, llegó el año nuevo y vinieron los Reyes, que nos trajeron una ilusión renovada. Y con ella nos pusimos a ver el partido ante el Celta. Ojalá nunca hubiera tenido lugar. Ya no era sólo el adiós definitivo a una Liga que estaba prácticamente imposible, sino que fue más bien todo aquello que nunca queremos ver en nuestro equipo. El dejarse ir, la desgana, la falta de motivación, la desidia, el todo me da igual, el no me importa nada, yo ya lo he ganado todo y que corran otros.

Aceptamos la derrota, claro que sí, pero lo que jamás daremos por bueno será el perder sin alma, sin haberse exprimido, sin haber derramado sobre la camiseta hasta la última gota de sudor. Fue muy doloroso ver cómo en Balaídos el equipo se dejaba, se alejaba, perecía. Duele. Va a doler mucho esta Liga hasta el mes de mayo.

 

No estamos malacostumbrados, como afirmó Marcelo, en unas declaraciones muy poco afortunadas de un capitán del Real Madrid que, tras más de una década en el club, todavía no se ha enterado de qué va esto. La historia del Madrid es ganar siempre y, en caso de no poder hacerlo, caer con honor; no después de hacer una ruleta innecesaria en tu propio campo y después quedarte como un espectador más a ver cómo te empatan. La historia del Madrid es tener opciones de título hasta el último partido, no tirarlos en diciembre y arrastrarse por el campo el resto de la temporada pensando en el Mundial con la selección que toque. La historia del Madrid es respetar a su afición, pedirles disculpas cuando no se ha trabajado tanto como el escudo requiere y revertir la situación en el siguiente partido, no lanzarle mensajes chulesco y altivos porque a ningún jugador le duele el club como le duele a un aficionado.

 

No ha terminado la primera vuelta y para nosotros la Liga, de la manera que la entiende un madridista, ha terminado. Se me estaba haciendo larga ya en el mes de noviembre. Ahora se me antoja eterna. Estoy en el carro. Y en el barco. Estoy donde haga falta. Yo no me bajo, ni me subo. Yo lo siento, lo sufro y lo disfruto. Mi madridismo es perenne, está tan presente en mí como la sangre. Quedan dos competiciones. Ellos sabrán lo que hacen.

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