Llegué al Bernabéu como el que va al cine a ver la nueva película de los 4 Fantásticos; sabiendo más o menos qué protagonistas iba a encontrarme, sabiendo que ya había visto algo parecido alguna que otra vez, y absolutamente convencido de que no me iba a divertir. Mis expectativas eran tan bajas, que cuando James le puso el balón en la cabeza a Bale para que marcara a los dos minutos de partido, ya habían sido superadas ligeramente.

Este gol dejaba dos puertas abiertas, la primera: que el partido se diera como tantísimos otros que empiezan así en el Bernabéu, ante un equipo inferior y con un escenario tan propicio desde tan pronto; o sea, dominio apabullante de la posesión, rival convertido en espectador, como mucho un par de goles más, etc.
La segunda: que de verdad este fuera otro Madrid, una esperanza que mi corazón albergaba de manera casi fantasmal, ínfima.

 

El gol de James, uno de esos que le hacen a uno pagar gustoso la entrada, supuso un paso más hacia la euforia. Pero no quise dejarme llevar, sabía que esto era un espejismo, yo había venido a aburrirme y no quería que me cambiaran el plan.

 

El Madrid se acabó cansando de arrollar al Betis, y empezó a practicar un fútbol de control, más acorde con la versión que yo esperaba. En ese periodo llegó el Betis al área, y rondó el gol, que se vio venir de manera inminente cuando Rubén Castro cogió un balón en el área sin ninguna oposición, preparó el disparo a puerta vacía, pero apareció de la nada, con un salto felino, Keylor Navas.

Se hizo el silencio inmediato. Hubo apenas unas centésimas de incredulidad, en las que el Bernabéu no reaccionó. No hace muchos años que veíamos a Casillas hacer estas cosas, y nos habíamos acostumbrado tanto a su nivel actual, que dábamos por hecho que jamás veríamos una acción así.

Cuando el público se recuperó de su estupor, comenzó una ovación cerrada que levantó del sitio a todos, y levantó también el pelo de mis brazos. Una experiencia casi mística, una comunión perfecta y preciosa entre aficionados y portero.

PENAL1

Keylor cambió el rumbo. Nos transportó a una época en la que el Madrid frustraba a sus rivales, marcando con media ocasión y parando todo lo que llegaba, por muy inverosímil que fuera. Y parece que a sus compañeros les llegó el mensaje; en la segunda parte el Madrid no paró de buscar la portería contraria, cosa que los presentes agradecimos eufóricos en cada acción.

Todas las líneas dieron espectáculo, Keylor paró un penalti, Benzema se estrenó, James y Bale repitieron e incluso dio tiempo a que Isco dejara las bocas abiertas con un par de genialidades. Todo salió bien. Demasiado bien, salió perfecto.

Benítez todavía incluyó en su análisis que hubo despistes que había que trabajar. Perfeccionista incansable.

Cabe la posibilidad de que al fin en Madrid tengamos un año ya no solo de éxitos, sino de diversión, aunque mejor me tranquilizo y dejo que el tiempo me dé o me quite la razón; que disfruto más cuando voy al campo predispuesto a aburrirme.

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