Allá por junio de 2012, leí en La Libreta de Van Gaal que Varane no ilusionaba a nadie. En Don Balón decían que no estaba cómodo en el Real Madrid. Varios medios se pusieron de acuerdo para afirmar con rotundidad que el francés sólo era un capricho de Mourinho y Zidane. Otros se preguntaban por qué se pagaron por él diez millones de euros, porque el coste de los fichajes del Madrid se cuestionan siempre, desde el país imaginario desde ahí arriba pasando incluso por la Iglesia. Mundo Deportivo aseguraba que su contratación se debía a los deseos de Florentino Pérez por satisfacer a Zidane, para hacerle creer al héroe de la Novena que sus opiniones cuentan en el club. Y así, una retahíla de sandeces más. Un par de años después se supo que el Barcelona intentó fichar a Varane, pero el francés, como Di Stéfano, prefirió jugar en el mejor club del mundo.

 

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Zinedine Zidane, que algo sabe de fútbol, quedó prendado de Varane y lo trajo hasta el Real Madrid para que el madridismo se enamorara también de él. Y así fue. Porque no podía ser de otra manera. Diez millones de euros por un joven de dieciocho años, francés de nacimiento y con la ascendencia martiniqueña en la tez. Varane es tan alto como la luna, tan fuerte como el estadio Santiago Bernabéu cuando ruge, tan rápido como perder una Copa de Europa tras un saque de esquina en el descuento. Cuando Varane salta es capaz de meter al Real Madrid en la final de la Copa del Rey dejando al Campo Nuevo tan mudo como en su día hicieron Raúl o Tamudo. En su zancada habita mi tranquilidad. Veloz en el corte, ducho en el arte de cabecear. Con su aspecto principesco, y pese a su corta edad, se erige como líder en el centro de la defensa. Varane es fino y delicado, el futuro de la zaga del Real Madrid y la selección francesa. Tiene calidad y elegancia, a lo que suma una contundencia desorbitada.
El internacional francés vive en un constante tope físico. Cuento sus partidos por exhibiciones. Correcto en el campo, correcto fuera del rectángulo de juego. Tan limpio que, pese a la demarcación que ocupa sobre el verde, recibe más faltas de las que hace. Pretendido por los clubes más importantes de Europa, Varane va a marcar una época en el Real Madrid y mis ojos estarán ahí para verlo. Se sacude a los rivales de encima y espanta mis miedos. Qué escasos se me antojan los diez millones de euros que el Madrid pagó por él en su día.

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Visionario Zidane. Su capricho es mi capricho. A Zizou hay que agradecerle mil controles mágicos, un millón de pases de genio, goles inolvidables y el fichaje de Raphael Varane, el que no ilusionaba al madridismo, el que no estaba cómodo en el equipo, el jugador cuya contratación obedecía a una estrategia política del presidente del Real Madrid para satisfacer a un Zidane encaprichado de un joven al que no conocían ni en su casa a la hora de comer. Ahí está ahora Varane, demostrando que es un portento tanto en defensa como en ataque cuando se eleva para jugar el balón con la testa. Ahí lo vemos, disciplinado y leal, apareciendo siempre al quite. No deja de progresar, dejando muestras de su personalidad en cada encuentro, perfectamente válido para el Real Madrid. Mi muralla diestra, quien me cubre la espalda, el que se anticipa a lo que va a ocurrir y se enfrentó a Simeone en la final de la Décima sacando toda la rabia del entrenador argentino. Es imposible no encapricharse de Varane.

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