Minuto ochenta y cinco de partido, el Madrid jugando en casa del eterno rival con inferioridad numérica una vez más, como estamos demasiado acostumbrados desde hace tanto tiempo que uno no alcanza a recordar una época en la que no fuese así. Internada de Jesé por el centro que cede a Bale en la derecha, el galés levanta la mirada y ve a Cristiano solo en la contraria, con el interior de su pierna mala se la sirve y éste, con un control orientado de pecho, se evade de Alves y marca por debajo de las piernas de Bravo el gol de la victoria para el Real Madrid.

Así sería, más o menos, la narración de los hechos objetivos, del aspecto puramente futbolístico de lo que ocurrió anoche en Barcelona y que llevó al borde del éxtasis a tres cuartas partes de la población de este planeta llamado Tierra. El gol, una obra de arte que rememoraba tiempos pasados, aquellos donde la circulación de balón encontraba velocidades de cuento de hadas y donde parecía prohibido dar más de dos o tres toques al esférico antes de pasárselo a un compañero. Sin embargo, lo mejor de todo vino después, sólo un segundo después de que la bola perforase la portería blaugrana.

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Cristiano, el jugador más valioso de la historia del Real Madrid después de Di Stéfano, observa cómo su disparo entra en la puerta. Otra vez él, el que dicen que se esconde en los partidos importantes, volvía a darle la victoria a su equipo. Otra vez él, el que ha igualado a Raúl como máximo goleador blanco en los clásicos, el que ha batido todos los récords en el mejor club del mundo, mandaba a la enfermería a un rival que parecía invencible. Otra vez él, el mejor goleador de todos los tiempos, el jugador más voraz de la historia del balompié mundial. Otra vez él, una vez más echándose el peso de la gloria a la espalda, otra vez él… otra vez más.

Se giró sobre su eje y enfiló hacia la grada desafiante y orgulloso, informando al enemigo de que sí, ahí estaba otra vez más para acallarlos a todos. El dedo índice de su mano derecha señalándose el pecho, transmitiendo un mensaje por partida doble, tanto a sus rivales como a su propia afición: “Tranquilos, aquí estoy yo”. Altanero, señorial, arrogante y jactancioso de su escudo y camiseta, complaciendo los deseos de los millones de seguidores que han tenido que aguantar burlas y chistes durante tanto tiempo. Su mirada, fija en una muchedumbre que lo había insultado desde que fichó por el más grande; su gesto, serio y tranquilo ante lo que para él era una evidencia: que iba a ser él quien llevase la batuta de la victoria. Apenas un segundo después, saltó al cielo de Barcelona para festejar, tal y como viene haciéndolo durante los últimos años, el tanto que devolvía la esperanza a una afición cansada de sufrir. Las casacas blancas de sus compañeros lo escondieron de los focos sepultándolo bajo un manto de abrazos, besos y cariños. Pero él seguía ahí, recordando a los cien mil seguidores que abarrotaban el Camp Nou que la pesadilla todavía no ha terminado, que de sus botas aún quedan goles que salir y momentos de gloria que ellos tendrán que padecer. Una vez más, Cristiano Ronaldo cabalgaba por el césped de un estadio rival pidiendo calma y avisando de que no se ha ido, que con él de nuestro lado todo es posible, todo se puede conseguir. Una vez más, un estadio quedó enmudecido ante su olfato goleador, su carisma y su potencia. Una vez más, y ya van tantas que casi no se pueden recordar, ese portugués de piernas de acero y hambre inagotable volvió a perpetuar su legado. Una vez más volvió a guiar a sus tropas hacia el triunfo y una vez más lo hizo frente al rival que más placer le produce, aquel con el que más disfruta y, por supuesto, con el que más nos hace disfrutar.

Los años pasan y los clásicos se suceden, pero ni siquiera un Barcelona invencible pudo anoche contra Cristiano Ronaldo. “Calma, señores, que aquí mando yo” gritaba frente a sus detractores mientras nosotros explotábamos de júbilo en los bares de esta nación. Cuánta gloria tenerte, Cristiano, cuantísimo orgullo pelear en tu equipo.

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