El madridista no se levanta a las cinco de la mañana y se sube a un autobús para recorrer los muchos cientos de kilómetros que separan su casa del Bernabéu para que, Varane, que se ha levantado más tarde, se duerma en el minuto cinco. El madridista no se echa la mano al bolsillo y paga los cientos de euros que vale una entrada para que Varane saque la suya a pasear de manera infantil dentro del área.

 

El madridista no aparca su vida durante dos horas para ver a su equipo mareando la pelota en las inmediaciones del área grande y, cuando menos te lo esperas, un pase atrás y a empezar de nuevo. El madridista recuerda que hubo un tiempo, no muy lejano, en el que su equipo marcaba goles y ganaba partidos remontando de manera arrebatada, no con esta mariconez (José María Cano, gran madridista, va por ti) de juego que va hacia cualquier parte excepto hacia la portería.

El madridista anda jodido porque lleva un mes sin ver ganar a su equipo. Eso, para todos aquellos que dicen que ser madridista es muy fácil, es más difícil de asimilar que estar un día entero sin comer o adolecer por completo de sexo. Un mes sin ver ganar al Real Madrid duele como ver partir a un hijo. Los ves salir al campo y te ilusionas. Ahí está tu equipo. Qué ganas había otra vez, cuánto se le echa de menos. Y, de buenas a primeras, lo tiran todo por la borda. Tu ilusión, tu felicidad, tu dinero…los ves ahí, sabes que están en el campo, pero no son ellos. Corren porque quedarse parados sería una evidencia, pero no existe esa lucha y ese espíritu que te hace saber que una remontada es posible. No queda nada de ese latido que hace vibrar al Bernabéu y atemoriza a los rivales, que se cuelgan del larguero ante la avalancha blanca. No hay nada de eso. Ni siquiera se cae con honor, sino con estrépito. No hay nada de lo que sentirse orgullosos. Sólo caben reproches y malas caras. Mirar hacia atrás y recordar capitales europeas en las que fuimos inmensamente felices. Y anhelar esa felicidad. Ahora, entre la vergüenza y la desdicha, el madridista refuerza su sentimiento abrazándose a su dolor, jurándole amor eterno al escudo, el único que merece la pena.

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