El deber de un soldado no es otra cosa que llevar siempre su uniforme y matar al enemigo. (‘Doce del Patíbulo’)

Anoche, entre banderas independentistas y cánticos vergonzantes, Gerard Piqué volvió a demostrar lo que era un grito extendido y que únicamente unos pocos se niegan a ver: Madrid y Barça serán enemigos mortales por los siglos de los siglos. La evidencia que acabo de relatar quedó sobreexpuesta una vez más y viene a corroborar que la enemistad entre esas dos instituciones es insalvable, permanente y recíproca. Siempre lo ha sido y siempre lo será.

“El fútbol es sólo un deporte” es una de esas frases tan estúpidas como inciertas. No lo es, en absoluto. El fútbol es pasión, política, odio visceral, amor incondicional, combate, trampa, intereses económicos y, en muchos casos, una fuerza más poderosa que la propia religión. El fútbol es mucho más que veintidós tipos corriendo detrás de un balón, es una forma de vida, una forma de gobierno, una guerra declarada entre dos bandos irreconciliables y, en España, es aún más que eso: es la lucha entre esas dos partes del país que se llevan odiando tanto tiempo que uno perdió la cuenta hace mucho.

Barça y Madrid simbolizan todo lo que uno detesta y el otro ama: mientras que el primero ondea el sentimiento de independencia y se hace adalid de ésta en la Comunidad Autónoma más dañina del país, el otro lidera la españolización y la unidad de una nación en deterioro permanente. La centralización contra la autodeterminación, la tradición contra la novedad, la verticalidad contra la horizontalidad, el odio contra la pleitesía y, en definitiva, una guerra España contra Cataluña y Cataluña contra España que se hace tan cansino como irremediable. El odio nunca se irá. Jamás. Es hora de asimilarlo.

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Por ese motivo, a muchos madridistas no nos molestaron las palabras de Piqué en la noche de ayer y sí, sin embargo, la debilidad con la que tanto algunos jugadores como directivos del Real Madrid se comportan con respecto a los dos enemigos más grandes que tiene el club: el Barcelona y la prensa deportiva. Por eso, el madridismo clama tantas veces contra su presidente y contra su capitán cuando callan ante esa inmundicia de esos que tanto nos detestan y que no desean otra cosa que vernos caer.  Por eso las disculpas hacia ellos hacen tanto daño, porque nunca son correspondidas y únicamente sirven para dejar en evidencia a un club que merece mucho más respeto que el que muchos integrantes de la plantilla blanca le dan.

Las burlas de Piqué vuelven a poner de manifiesto que la guerra continúa, que eso de que Mourinho era el culpable del odio hacia el Madrid es la mayor imbecilidad que se ha dicho en la última década. El responsable de ese sentimiento de rencor eterno hacia el club no es otro que el propio Real Madrid, su historia y su grandiosidad. Por eso es necesario de una vez por todas asimilar que esto es una guerra, que el deporte en ocasiones trasciende las fronteras de lo propiamente deportivo y comienza a entrar en terrenos que se alejan de éste. Cuando aprendamos que ellos no tienen piedad, que su única meta es destruirnos y que cuentan con muchos aliados tanto dentro como fuera de Cataluña para eso, comenzaremos a reinar otra vez. Cuando el Madrid empiece a aniquilar a sus enemigos olvidándose de pactos amistosos, disculpas infundadas y reuniones majaderas comenzará a volver a ser el club que una vez tuvo subyugados al resto. Ojalá ese día sea hoy, ojalá el bochorno de ayer haya servido para que en Concha Espina se haya olvidado la tregua y se vuelva a las armas una vez más.

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