Noventa minutos separan al Real Madrid de engordar sus vitrinas con una nueva Liga. Noventa minutos para que más de la mitad del planeta estalle de júbilo y un tercio de rabia. Noventa minutos para volver a sentirnos campeones, para volver a degustar el sabor de la gloria, para que se nos vuelva a hinchar el pecho de orgullo.

 

Sería bonito que Isco, que se ha salido esta temporada, lo pudiera celebrar en su tierra, a escasos kilómetros del lugar donde empezó a hacer la magia con la que ahora nos deleita a los madridistas. Le gustaría también a Juanito, ver desde su butaca en el cielo al Real Madrid coronarse campeón en Málaga, en el estadio que también pudo vibrar con su entrega y corazón. Así lo querría también Fernando Hierro, que dejó el mar para escalar la Península Ibérica hasta llegar a la cima del mundo, el Santiago Bernabéu.

 

Qué lejos queda agosto, cuando empezamos esta aventura de batir récords de la mano de Zidane, de tumbar rivales, uno detrás de otro, de remontadas imposibles, de goles en el último suspiro, de lamentarnos por las lesiones, de aguantar mentiras y vejaciones. Atrás quedó el final del verano, el otoño y el invierno. Nos encontramos en plena primavera, donde la alergia y los nervios antes de cada partido son el pan de cada día. Una primavera que ansía ver al Madrid campeón, como ha venido haciendo a lo largo de su historia, desde 1902 sin parar de sumar.

Sería bonito volver a llevarle a la Cibeles el campeonato nacional, estar otra vez delante de ella y decirle que fuimos mejores que todos, que superamos cualquier dificultad, que el equipo murió por estar ahí otra vez. Y ella, impasible, con su rectitud, acogiendo de nuevo al madridismo, vistiéndose de blanco, siendo inmortalizada con nuestro escudo. Es parte de la familia.

GRA042. MADRID, 29/05/2016.- Los jugadores del Real Madrid a su llegada a la fuente de Cibeles, donde han celebrado la ‘undécima’ Copa de Europa tras su victoria en la tanda de penaltis ante el Atlético de Madrid en la final de la Liga de Campeones que se disputó anoche en el estadio de San Siro, en Milán. EFE/Víctor Lerena

Noventa minutos. Tan cerca y tan lejos. La Rosaleda no se ha visto nunca en otra. Málaga es madridista. Lo compruebo cada verano cuando desde Nerja a Fuengirola y Marbella son las camisetas del Real Madrid las que pueblan sus paseos marítimos, vistiendo con la elegancia que dan nuestros colores a niños, jóvenes y adultos, así como a una numerosa masa de británicos y alemanes. La Costa del Sol es blanca.

 

Penúltimo esfuerzo de la temporada. Otra vez a morir, otra vez a entregarse hasta la extenuación, otra vez a dejarse la piel. Y el madridismo empujando desde cualquier rincón, con los nervios recorriéndonos el cuerpo, a punto de perder la voz, con la ansiedad que genera este tipo de situaciones. Que valga la pena porque sería bonito volver a ver las plazas de cada ciudad, de cada pueblo llenas de madridistas con los colores de su club, los coches recorriendo las calles al ritmo del claxon, el himno sonando, que nadie resiste nuestras ganas de vencer, las copas brindando en los bares, dormir esa noche como un recién nacido y despertar al día siguiente feliz y con suerte por sabernos madridistas, luciendo nuestras camisetas y saliendo a engalanar nuestros balcones.

 

Sería bonito. Y lo va a ser.

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