Ninguna goleada en Liga, ni tan siquiera una Copa del Rey, puede curar ni hacer de morfina a los atléticos las dos Copas de Europa que les ganamos ni las otras dos veces que los eliminamos de la Champions. Por la forma en que sucedió todo y porque sabe Dios cuándo volverán a verse de nuevo en el último partido de la competición más importante a nivel de clubes, el que da acceso al título. Fue un daño irreparable. No quiero ni pensarlo. Si me hubiera pasado a mí, creo que mi vida habría cambiado para siempre después del minuto 93 en Lisboa. De hecho, cambió, pero para bien. De hecho, lloré, pero de alegría. Se me sigue erizando la piel cada vez que veo el gol de Sergio Ramos. Al año siguiente los eliminamos con aquel gol postrero de Chicharito en el Bernabéu. Otro mazazo para los atléticos. Por si fuera poco, nos volvimos a ver las caras en Milán en otra final. Y allí, Juanfran los hundió en la miseria y a nosotros Cristiano nos elevó a los altares. Yo no habría sido capaz de recuperarme de todo eso. Ellos nos odian. Casi que son más antimadridistas que de su propio equipo. Más preocupados por quedar delante del Real Madrid en Liga que de ganar ellos el título. Hubo otro encuentro en Europa. Fuimos con un 3-0 al Manzanares y en pocos minutos nos hicieron dos goles. Se lo creyeron. Pensaban que nos dejaban sin jugar la final, pero Benzema se inventó un regate maravilloso sobre la línea de cal, dejando detrás de él a medio equipo del Cholo y, con el gol de Isco, sus esperanzas se esfumaron. Nosotros nos íbamos a Cardiff y ellos otra vez a la mierda. Cerramos el Calderón de la mejor manera posible, poniendo nuestras bandera sobre su césped. Cuánto dolor llevan acumulado a costa del Real Madrid.

Esta temporada sólo hemos podido enfrentarnos a ellos en Liga, después de que los de Simeone se quedaran fuera de la Copa de Europa al no ser capaces de superar al Qarabag, un equipo al que sólo conocen en su casa a la hora de comer y con un presupuesto infinitamente inferior al de los rojiblancos. Ese presupuesto que al Cholo le gusta tirar a la cara solamente cuando a él le conviene. Aún lo recuerdo en el Bernabéu la pasada campaña celebrando un empate que al Atleti no le valía de nada, pero que acercaba al Barcelona al Real Madrid en la clasificación. Así de tristes son, así de segundones. Y se atreven a preguntar que quién manda en la capital. Tenemos más Copas de Europa que Ligas el Atleti. Es un dato aterrador, demoledor, unos números que hablan tan por sí mismos que a mí, si fuera atlética, me daría vergüenza entonar ese cántico.

 

Con la Liga prácticamente sentenciada, vienen al Bernabéu a vengar su dolor, a secar sus lágrimas, a irse luego a Neptuno a cantar ridículamente que el Atleti manda en la capital. A mí me encanta ganarles, me sabe a gloria. Primero porque soy madridista y quiero que mi equipo salga victorioso de cada partido y segundo por la cara que se les queda. Ojalá el domingo vuelva a ver a Simeone entonando un discurso de perdedor. Ojalá. Ojalá ver a los rojiblancos aferrados a sus bufandas y sus banderas en el cuarto anfiteatro con las caras de Lisboa y Milán, haciendo cuentas para comprobar si mandan o no en la capital.

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