Los precedentes hacían sonar las alarmas en el Santiago Bernabéu. Zidane, precavido o inscosciente, alineaba su once predilecto a excepción de James Rodríguez, que ocuparía el costado derecho, habitual del lesionado Gareth Bale. Bajo su 4-3-3 característico, poco tardó el equipo de Zidane en dominar el esférico, que no el partido.

La nula aportación de Casemiro en ataque, el bajo nivel mostrado por Toni Kroos y la desaparición de Karim sobre el terreno no pudieron compensarlo ni la mejora de Modric, ni el gran partido de un James que fue, sin duda, la gran noticia del encuentro, lograron romper el ritmo bajo y el juego plano del conjunto blanco. Ante esas, como siempre, apareció Cristiano tras un perfecto centro de Carvajal -qué novedad, eh-. Pues bien, como si no aprendiéramos de los errores, la pasividad comenzó a reinar ante la leve y mínima ventaja.

La entrada de Asensio por James en la segunda mitad, como si de un cambio de cromos se tratara, no mejoró el asunto, el ritmo no subía y, como siempre, la tensión crecía. Y ahí el Valencia, al que tampoco hay que restar mérito, supo actuar. Un bloque sólido en defensa, y un par de acciones aisladas le sirvieron al equipo de Voro para poner el 1-1 en el marcador y meter el miedo en el cuerpo a una afición que rememoraba encuentros pasados.

Y, como si de una película se tratara, el Real Madrid reaccionó en el instante final para darle la vuelta a la situación. Esta vez sí, el equipo aumentó un par de marchas, embotellando, de verdad, a un Valencia que solo podía luchar por mandar el balón lo más lejos posible. Pero otra vez, la heroica llamó a nuestra puerta, esta vez encarnada en los pies de Marcelo quien, tras su jugada de toda la vida, como diría Guillermo Giménez, mandó el balón a la red con su pierna derecha. Esta vez el Valencia no pudo ahogarnos la fiesta, y el Madrid sigue dependiendo de sí mismo para levantar este título liguero.

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Sobre El Autor

Del Real Madrid desde que recuerdo, que no es poco. Puedes leerme en mi cuenta de Twitter: @Manu95G