“Sale el Madrid a luchar, sale el Madrid a ganar”, así reza el himno del Centenario que interpreta Plácido Domingo. Contra el Éibar, el Madrid sólo salió al campo. No ganó, sino que sumó su cuarto empate consecutivo y tampoco luchó, como indicó Zidane en la sala de prensa, apuntando que no se ganaban los duelos individuales.

Es ya una constante el gol en contra en los primeros minutos, acusando la ya manida falta de concentración. Y si no es al inicio del encuentro, es al final, incapaces de guardar el resultado, como ocurrió en Las Palmas y como sucedió en Dortmund. Y cuando no es la falta de concentración, es la falta de intensidad. La misma canción una temporada tras otra.

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En los últimos tres partidos se empató, pero las sensaciones eran otras. Se veía al equipo tener alma y sangre, contra el Éibar no. En este primer partido de octubre el Madrid salió al Bernabéu como si la Liga no fuera con él, arrastrando lesiones y coleccionando centros al área que siempre terminaban en la cabeza de los jugadores armeros. Bale la enganchó en dos ocasiones. Una fue gol y la otra la repelió el poste. Será la flor de Zidane.

 

Cuando todavía quedaban diez minutos más el descuento, la gente ya despoblada las gradas del Bernabéu. Es cierto que el equipo no enganchó a la afición, pero esta historia de amor consiste en estar en lo bueno y en lo malo. Cuando hay que dar aliento, el madridista se levanta y se va, no vaya a tardar diez minutos más en llegar a casa, que el partido era a las nueve de la noche y mañana hay que madrugar.

 

Yo también estoy decepcionada. O jodida, como diría Zidane. Como el que ha estado en el Bernabéu, como el que lo ha visto desde un bar en Barcelona o desde su casa en Venezuela. Todos sentimos lo mismo y todos hemos visto lo mismo. Un equipo plano, sin ideas, vulnerable en defensa, sin imaginación en la zona creativa y fallón de cara a gol. Siempre he sostenido que me da igual no tener un estilo siempre y cuando se gane. Si no hay ideas, hay que ponerle sangre, lucha, pelea. Pero contra el Éibar no hubo ni una cosa, ni la otra. Ni saber a lo que se jugaba, ni alma para ganarlo.

 

Ninguna competición se gana ni se pierde en octubre, pero hemos cedido el liderato cuando en aquel primer empate ante el Villarreal podríamos haber ampliado la ventaja. Si la prioridad es la Liga, el Madrid lo disimula muy bien.

 

El Madrid, a costa de Danilo y sus declaraciones post partido en Dortmund, donde sentenció que el Éibar pagaría los platos rotos, ha sido esclavo de su propia prepotencia y el hazmerreír de los antis. Ahora nos esperan quince días sin fútbol de clubes para hablar únicamente de la crisis que niega Zizou. Quince días también para recuperar lesionados y, por encima de todo, el hambre y las ganas. Marcelo se nota, Casemiro se siente y a Modric siempre se le echa de menos. Benzema anda perdido y Cristiano sólo pone voluntad. Isco da vueltas sobre sí mismo, más perdido que un malagueño que llega por primera vez a Madrid. Morata se tira en el área como si vistiera de azulgrana y los centrales dejan tanto hueco como la muela del juicio. Cuando hasta Kroos falla dos pases seguidos es porque algo pasa. Y ojalá que eso que pasa ya haya pasado, que la mala racha de cada temporada hayan sido estos últimos quince días y que lo que está por venir sea todo fiesta y confeti. El madridista acepta el sufrimiento, la ausencia de alma es imperdonable.

 

El Atleti está otra vez ahí, llevándose todos los rechaces y sabiendo guardar mejor que nadie una distancia mínima. Hasta el Sevilla nos vigila de cerca, aunque al final Cristóbal Soria vuelva a mearse de la risa pero hacia dentro. Y por supuesto el Barcelona, a quien nadie, ni ellos mismos ni agentes externos, permitirían que se desenganche. Nosotros estamos como siempre, solos contra todos. En ocasiones, también contra nosotros mismos. No perdemos, pero no dejamos de restar. Ojalá en el Villamarín el Madrid salga a luchar y a ganar.

Paula Pineda.

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