Nos invita el Madrid, un año más y por las mismas fechas, a sacudirnos un rato antes la arena de la playa para acudir a una nueva cita europea. La primera de la temporada, de las que terminan con título y medalla.

 

Parece que fue ayer cuando aún llorábamos la hazaña de Cardiff, cuando jugaban a que Cristiano se iba para que al final fuese Neymar el que desnudara al Barcelona y a Piqué. No hace mucho era 3 de junio y no sabíamos qué hacer con nuestros nervios, ni cómo esconderlos, ni dónde ponerlos. Volvemos a empezar.

Otra vez el mismo sentimiento, las mismas ganas, exactamente la misma ansiedad. Ese no saber cómo matar el tiempo hasta la hora del partido, ni si tirar de supersticiones porque, bueno, es una final, pero tampoco es el partido del año. Pero venga, sí, voy a ponerme la misma ropa que aquella vez por si las moscas.

En mi casa, en el balcón, todavía ondea desde la última jornada de Liga la bandera del Real Madrid, saludando al que viene de fuera, especialmente y con más cariño a los que lo hacen desde Cataluña. Resiste los más de cuarenta grados y las miradas intimidatorias de la luna. Así es nuestro escudo. Inalterable.

 

Ha sido un verano, lo sigue siendo, maravilloso. Eso de estar en cualquier sitio con tu camiseta conmemorativa de la Duodécima, presumir de madridismo, de Copas de Europa, de todos los fichajes que ha acertado el diario Sport. Vale que la pretemporada ha sido un fiasco en cuanto a resultados, ¿pero desde cuándo celebramos nosotros una Copa Audi? Lo importante, lo serio, lo que vale y lo que queda empieza ahora.

 

Volvemos a abrir el cajón de la ilusión, nos volvemos a hacer con un puñado de nervios, dejamos un hueco al antimadridismo y comprobamos que el escudo sigue en el pecho. Todo está en su sitio. Preparados para que el Real Madrid nos vuelva a hacer sentir.

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