Lo mejor de la mierda de partido que fue la semifinal es que todos los antimadridistas volvieron a quedarse con las ganas. Lo segundo mejor fue Bale, que convirtió en otra final para el Real Madrid el primer balón que tocó.

 

Fue un partido tétrico. A los diez minutos ya podíamos llevar veintidós goles, pero el portero del Al Jazira tenía su día, estaba tocado por una varita mágica y desbarataba cada ocasión del conjunto de Zidane. La verdad es que hacemos buenos a todos los guardametas. En esas andábamos, intentando hacerle un gol a ese hombre cuando, de repente, en un giro inesperado del guión, los locales marcaron. No se lo creían ni ellos. Antes de eso hubo VAR con el que nos anularon un gol, para regocijo del antimadridismo. Después, el descanso, la indignación y la incredulidad.

 

Perdíamos 1-0 después de haber fallado treinta y siete oportunidades. Quedaban cuarenta y cinco minutos, pero no podía sacar de mi mente la imagen de ese portero, cuyo nombre ni recuerdo ni quiero, parándolo todo. De aquella forma, sí, tan poco plástica pero tan práctica. La pegada nació y murió en el partido contra el Sevilla y en esa portería, con ese cancerbero, no iba a entrar ni el aire.

 

Arranca la segunda mitad. Gol de ellos. Cojo el móvil, abro el WhatsApp y empiezo a decir que sí a todos los planes que había desestimado para el sábado a partir de las seis de la tarde. Espera, espera, que dice Rivero que lo han anulado con el VAR por fuera de juego, para indignación del antimadridismo. Vuelvo a abrir WhatsApp y escribo “cuando termine el partido confirmo lo que sea”. Se lesiona Zamora y entra el portero suplente. Ahora sí. O ahora o nunca. Ha sido un milagro de Dios y un castigo de Alá. Cristiano y gol. Empate. Cuestión de tiempo que caiga el segundo. Pero cuidado, que estos tíos se plantan delante de Keylor en tres segundos y nos dejan el culo apretado otra vez. Sale Bale. Gol, final y a la final.

Otra vez ante la posibilidad de levantar un título. No es el Mundial de Clubes la competición que más prestigio da, pero hay que caer en la cuenta de por qué estamos ahí por segundo año consecutivo, haciendo algo histórico. Por la Copa de Europa. Tan difícil de ganar. Anda el antimadridismo diciendo, entre rabia y bilis, que este Mundial es un trofeo menor, y no digo yo que no lo sea, pero a ellos les encantaría estar en nuestro lugar, haber sido campeones de Europa hace unos meses y tener ahora la posibilidad de coronarse como campeones del mundo. Pero somos nosotros y no ellos los que estamos asumiendo esta gesta. Ellos ven el partido con la envidia de quererse ver ahí.

 

Disfrutemos de este momento porque no sabemos si volveremos a estar el año que viene por estas fechas en la puerta de otra final o si pasarán dos años, diez o veinte. El Real Madrid está haciendo algo histórico y tenemos la suerte de estar viviéndolo y sintiéndolo. Dos años consecutivos, con todo lo que cuesta ganar una Copa de Europa, con lo difícil que es. No le restemos importancia a esta competición. Todos los equipos del mundo querrían estar ahí, siendo el Real Madrid. Cuando el árbitro señaló el camino de los vestuarios, volví a agarrar el móvil, abrí el WhatsApp y escribí: “Que al final no puedo ir el sábado con vosotros. He quedado a las seis con el amor de mi vida”.

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