Anoche estuve cenando con un grupo de amigos tras un partido de fútbol de la Liga local de mi pueblo. Entre cervezas y tapas, pinchos y copas, saliste a relucir tú, como tantas veces ocurrió antes y tantas vendrán después. He de aclararte, Cristiano, que en la mesa éramos minoría absoluta de madridistas, tanto es así que, únicamente yo, estaba en condiciones de defenderos, una vez más, al club y a ti (sí, yo a veces también me quedo anonadado cuando pienso con la gente que me junto).

El caso es que, como casi siempre, comenzaron las frases recurrentes y los argumentos baladíes: “El primero al que tenéis que echar es al presidente”, “es una vergüenza cómo tratáis a los símbolos”, “con todo el dinero que tenéis tendríais que ganarlo todo siempre”… en fin, esa retahíla de anormalidades que todos los bares de este, nuestro desdichado y en ocasiones patético país, ha escuchado desde tiempos inmemorables. Contra todo eso, amigo, tuve que lidiar una noche de miércoles en la que, por fin, parecía que el buen tiempo comenzaba a asomar por la ventana.

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“Si se borra de los partidos clave” dijo el primero sobre ti, “Si pierde el Madrid seis a cinco pero él mete los cinco, se va contento a casa” le replicó el segundo. Una vez más en la brecha, querido Cristiano… una vez más. Los mismos argumentos que puedes escuchar o leer a lo más chabacano de la clase periodística patria puesto en boca de la gente de a pie. Como si te estuvieran leyendo la prensa deportiva en voz alta, como si te estuvieran comentando en directo una tertulia de cualquier noche de radio. Y mientras, ahí estaba yo, intentando poner sensatez entre la marabunta de tropelías, entre el ruido inconexo de palabras triviales y manifestaciones absurdas. “Estáis hablando de un tipo que, en siete años, ha metido casi cuatrocientos goles con el Madrid. Más que Raúl en catorce o Di Stéfano en once”. Mi voz se levantaba entre la muchedumbre, intentando hacerse oír ante oídos que no querían escuchar. “El que marcó en la Copa de Valencia, el que nos dio la Liga en el Camp Nou… el mismo que remontó la eliminatoria contra el Woslburgo” les recriminaba. Pero nada, no hubo manera. Así que, Cris, he decidido que esta mañana de mayo te escribiría unas líneas para pedirte, con toda la humildad del mundo, una serie de cosas que me gustaría que, si es posible, hicieses por mí en los próximos días. Comienzo:

Me gustaría enormemente que el próximo 28 de mayo levantases la Copa de Europa al cielo de Milán. Sí, sé perfectamente que eso es algo que tú ya deseas. Sin embargo, si te puede servir de aliciente el saber que yo, un fiel seguidor del equipo por el que luchas cada día, podré mirar con desdén y media sonrisa burlona a los que ayer te pusieron en duda, pues mucho mejor. Me gustaría que, además, metieses un par de goles o tres, de esos que te sueles sacar de la manga cuando más complicado se antoja el encuentro, de esos que nos dan títulos, de esos a los que ya estamos tan acostumbrados que, en ocasiones, no valoramos tanto como se debiese. Te pediría que la final de esta Copa de Europa sea la tuya como fue la de Lisboa de Sergio o la de Valencia para Bale; que se te recuerde durante décadas por el partido que hiciste en San Siro y que yo, desde la insignificancia de un pequeño pueblecito de la sierra de Albacete, pueda vengarme de todos aquellos que dudaron de ti, que no supieron valorar al mejor goleador de la historia del fútbol mundial cuando lo tuvieron delante. Me gustaría, Cristiano, que el hambre que siempre has demostrado aquí se incremente en los próximos días y que, una vez más, vuelvas a acallar todas esas bocas que desde 2009 llevas clausurando a golpe de gol en este desagradecido país. Espero no pedir demasiado, espero que me lo puedas conceder. Mucha suerte, gracias por todo y Hala Madrid.

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