Yo estuve aquella noche en Da Luz. Lo sé, dentro de un par de décadas todos confesaremos haber estado allí. Sin embargo, yo todavía guardo una reprimenda familiar y un mordisco en la cuenta corriente que atestiguan que no es una batalla imaginaria y caduca lo que hoy escribo aquí sino un recuerdo real, límpido, obsceno. Poco importa cómo llegamos hasta allí. El caso es que el reloj marcaba el minuto 93 (aún hoy lo sigue marcando) y la Champions ya se había esfumado como se esfuman los amantes insatisfechos: por la puerta de atrás y coqueteando sin quererlo. Visión esquinada. Ánimo marchito. El público merengue, estrictamente vestido de cadáver. Entonces, un balón bajó con nieve y, al contactar con la tierra, salió despedido en dirección norte. Nadie supo qué había ocurrido hasta que el árbitro se lo inventó. Córner. Para cuando quise juzgar la decisión arbitral, Modric ya se agarraba al banderín.


Recuerdo que rastreé el entorno. Allí no había ilusión porque ilusión viene del latín lúdere (jugar) y aquello de juego tenía poco. De nada sirve la etimología para definir la carrera de Luka, que ya galanteaba en dirección al balón. Chutó y ocurrió.
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Puedo prometer que no vi la jugada. Es cierto, todo lo que de ella pueda escribir está basado en unas cuantas repeticiones televisivas y en una imaginación bastante trabajada gracias a las novelas de Julio Verne que mi madre olvidaba sobre la mesilla. Tampoco puedo precisar el tiempo que transcurrió desde que sospeché que habíamos marcado hasta que comprendí que habíamos marcado. Sólo sé que este último sentimiento llegó a mí unas cuantas filas más abajo que aquella en la que se ubicaba mi asiento, abrazado en el suelo con uno de mis hermanos (los otros dos se habían esfumado), absolumente extasiado, casi muerto. Al colocarnos de nuevo en nuestras butacas (insisto, con dos acompañantes ilocalizables) miré a mi hermano.

-Vaya golazo de Ramos- dicen que dije.

Él me observó de arriba a abajo.

-¿Cómo sabes que ha sido Ramos?- Me contestó él- yo no he alcanzado a verlo.

Entonces recordé que yo tampoco lo había visto y que sólo un extraño sentimiento ajeno a lo impulsos que yo controlaba había exclamado aquello por mí. Lo que vino después ya es de sobra conocido… todo excepto un dato: el hostal de mala muerte que habíamos alquilado a orillas del Tejo no tenía WiFi ni nada que se le pareciera, por lo que continuaría sin ver el famoso gol por un tiempo.

Resolvimos permanecer en Lisboa una jornada más de lo previsto. Al llegar a Madrid seguía siendo el cadáver risueño de los días anteriores. No obstante, mi padre, como buen madridista, me esperaba detrás de la puerta con la guadaña y una copia del partido para ser revisado entre los dos. Nos sentamos y, ahora sí, sin visión esquinada pero también sin alma me dispuse a disfrutar de la victoria. Al llegar al minuto 93, comprendí que estaba a punto de revivir un momento que jamás había vivido. Entre la niebla aparece la cara del Cebolla. Parece preocupado. A su lado, los suplentes colchoneros se sonríen. Es el descuido del que cree haber ganado lo que nunca ganó. No les culpo, todos lo hemos hecho alguna vez. Pero también todos hemos comprobado cómo el destino, a veces, se encapricha con algún instante no programado, eso que algunos llaman el arte de lo impredecible. Ese instante lo protagonizó Ramos, volando sobre Da Luz y tallando una muesca más en la psique de todo madridista.

Allí, sobre el suelo de mi casa, celebré el gol con la consciencia de la que no disfruté días atrás. Mi padre me observaba espantado. Cuando por fin me calmé, inquirió:

-Pareciera que no hubieses visto el gol antes.

Yo, hastiado y débil, fui claro.

-Este gol viaja conmigo. Y ya viajaba antes de la final de Lisboa. Siempre lo marca Ramos- apuntillé. Mi padre achacó a la resaca estas palabras.

Apenas ha transcurrido un año desde que esta historia que ahora cuento dejó el presente para convertirse en pasado. Escucho con indiferencia las múltiples teorías sobre la marcha de Ramos. Sólo una de ellas fue capaz de atrapar mi atención. La formulaba don Paco Gento:

-Ramos se queda. Ese tío tiene cara de madridista.

A pesar de la sapiencia que desprende la reflexión, lo cierto es que cada vez son más los madridistas que ven reflejada en la mirada de Sergio una cierta lejanía. Por los rincones más inhóspitos de la ciudad, la marcha de Ramos va calando sin que nadie pueda comprender cómo alguien puede renunciar a la eternidad por una riña de gatos. Pero, en fin, conseguí mantener mi opinión intacta hasta que llegó el día que siempre supe que llegaría.

Mi padre esperaba, como siempre, con su querido DVD de la Décima. Esta vez no hubo gritos en el minuto 93. Tampoco saltos ni celebraciones. Al terminar, nos levantamos encaminándonos hacia nuestras respectivas habitaciones.

Pero, antes de separarnos, llegó la pregunta.

– Carlos… ¿crees que Ramos se marchará?.

Me detuve aplastado por la nostalgia de su tono. De pronto, una voz que aparentaba ser mía contestó.

– Claro que no -musité-. Al menos hasta que ese gol deje de acompañarnos.

Comprendí que, de nuevo, contestaba por mí aquel extraño sentimiento ajeno a lo impulsos que yo controlo. Pude ver cómo mi padre se arropaba con una ligera sonrisa dibujada en el rostro. Las leyendas, al fin y al cabo, están ahí para ser creídas. Una vez más.
Carlos Mayoral (@LaVozDeLarra)

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