Fue como se esperaba con el desenlace más bonito que cabía esperar. Fue como lo habíamos soñado y ya sabemos que el Bernabéu es el lugar donde se cumplen los sueños. Fue como tenía que ser porque no podía ser de otra manera.

 

Una afición entregada, vestida de blanco impoluto. Un equipo muriendo en el campo, poniendo su alma al servicio del escudo. Una competición que espera de nuevo a su amor. Todavía podríamos estar fallando ocasiones de gol, todavía podría estar Marcelo corriendo como si el día de mañana no existiera, todavía podría estar Cristiano Ronaldo demostrando por qué es el mejor del mundo, todavía podría estar Asensio licenciándose en Europa, todavía podría estar Vidal en el campo y el árbitro inventándose penaltis, todavía podría estar Piqué escribiendo puntos suspensivos y Sergio Ramos volviéndolo a callar, todavía podría Thiago buscando al árbitro con una pantalla gigante para mostrarle el resultado global, que no es otro que seis goles en contra y a la calle.

Sufrimos, sabíamos que no iba a ser fácil. El Madrid paseó su fútbol y su casta, su experiencia y su físico. Podemos llegar corriendo hasta Cardiff, lo demostramos anoche durante la prórroga. Neuer lo paró todo, absolutamente todo, y aún así le marcamos cuatro goles. Cristiano no se cansaba de mandarlo a la red a recoger el balón. Asensio, que tiene un desparpajo y una madurez impropia para su edad, se apuntó a la fiesta y, dejando a medio Bayern de Múnich atrás, se plantó en el área e hizo un golazo.

 

Esta es la flor que ha plantado Zidane. Un equipo comprometido, un vestuario en el que prima el compañerismo, un saber dónde estás, lo que te juegas y a quién te debes. Fue bonito marcar en fuera de juego, ya era hora de que nos tocara a nosotros. Rabió como nunca el antimadridismo, que se relamía viéndonos fuera, anhelando un gol de los teutones que nos mandara a la calle. Pero lo cierto es que los alemanes sólo pudieron marcarle a Keylor Navas gracias a un penalti inventado, como el de Múnich. Su segundo tanto fue una desgracia. Esas cosas pasan siempre en el Bernabéu.

 

Siempre es un gustazo eliminar al Bayern de Múnich. Al fin y al cabo son nuestra bestia negra en Europa. Han sido muchos años, muchas décadas cayendo en Alemania, regresando de allí con dolor, intentando remontadas que no tenían lugar o quedando fuera de la Champions en desgraciadas tandas de penalti. Lo del año 2014 no fue un espejismo, lo corroboramos anoche. Fue tan bonito que nunca lo voy a olvidar. Por la entrega, por la lucha, por el fútbol, por el compromiso, por la casta. Todo aquello que le pedimos siempre a nuestros jugadores lo mostraron sobre el césped del Bernabéu. Y luego la locura, el sabernos en semifinales otra vez, siendo el único equipo que lo ha logrado por séptimo año consecutivo en la historia; esa ovación a Xabi Alonso, que pisaba nuestro estadio vestido de corto por última vez y que casi no quería enfilar el camino hacia los vestuarios; ese Cristiano con el balón de su hat-trick abrazándose a Herrerín, que es de los que saben, de los que llevan toda su vida ahí, en la bocana del túnel y por eso le reconoce al portugués su esfuerzo; esa sonrisa picarona de Zidane, que no ha reído tanto en su vida como este último año; ese Bernabéu vaciándose poco a poco, respirando en silencio, preparándose para la siguiente batalla.

 

Yo hoy me levanté llena de orgullo, feliz y dichosa, agradecida con la vida por ser madridista, por permitirme vivir noches como la de ayer, por formar parte con mi corazón del club más importante de la historia.

 

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