Escribo desde el nerviosismo y la incertidumbre, un estado de ánimo a ratos por las nubes, a ratos por los suelos. Así desde hace una veintena de días, justo desde el momento en que nos clasificamos para la final de Milán. Con desconcierto y esperanza ando por la vida esperando que llegue la hora del partido. También con miedo; un miedo a perder que me atenaza por el temor a no saber gestionar el dolor. Sólo con pensarlo me invade la misma tristeza que a un orfanato.

A veces me cuesta aún creerlo. Estamos en otra final de la Champions League. A noventa minutos de otra Copa de Europa. Sería la quinta que verían mis ojos y sentiría mi corazón, que se dice pronto.

 

David Gistau escribió una vez: “me he pasado la vida entrando en primavera con la expectativa de que el Real jugara en mayo el único partido que da sentido a todo”. Lo dijo hace dos años, justo después de que el Madrid le asestara un serio correctivo al Bayern de Guardiola en Alemania alcanzando la final que supuso la Décima. Y otra vez es primavera y otra vez es mayo y otra vez estamos ante el único partido que da sentido a todo, el que nos puede dar la Undécima, hermana menor de las otras diez Copas de Europa, deseada por el madridismo desde el 25 de mayo de 2014, justo un día después de volver a reinar en Europa por última vez. Sin menos urgencias que hace dos años, pero con las mismas ganas, la misma ilusión y los mismos temores.

Mayo es no saber si ponerte ya la ropa de verano o no, no poder quitarte las gafas de sol hasta las nueve de la tarde y volver a llenar de vida los parques y las terrazas. Mayo es planear el verano, las verbenas en los pueblos y los patios en Córdoba. Mayo es aquello que nos contaban los madridistas más viejos del lugar y que hasta el año 1998 no pudimos sentir. Mayo es la Copa de Europa y es el Real Madrid. Este año es Milán como hace dos lo fue Lisboa y anteriormente Glasgow o Paris.

CELEBRACION CIBELES (1)

Hay que ganar la Undécima para nadar en ríos de bilis, para alejar fantasmas, para disfrutar con las caras de los periodistas deportivos de este país. Hay que ganarla porque es el deber del Real Madrid cada temporada, porque la queremos como una madre a un hijo, porque la Cibeles tiene ganas de volver a verla y porque hay que sumar historias que contar a los madridistas que van naciendo sin que ellos sepan aún que serán del Madrid. Si ganamos, nos tendremos a nosotros mismo. Si perdemos, también. Solos contra todos desde tiempos ancestrales, pero tan a gusto, sin necesitar nada más que no sea nuestro escudo, nuestro himno y nuestra camiseta blanca. No hay mejor compañía.

 

El sábado es un día para restaurar la historia, de comer por ansiedad y beber para calmar los nervios. La mejor manera de tomarse la temperatura de un madridista a otro será mirarse a los ojos, el corazón latirá a mil por hora por encima de la ropa. El sábado es un día que hará temblar las paredes de muchas casas, peñas y bares; es un todo o nada, la vida o la muerte; la felicidad más absoluta o la tristeza comiéndonos por dentro, la mayor alegría o una enorme decepción.

 

Ya se ve Milán. Una ciudad con la que empezamos a soñar en el mes de septiembre, cuando arrancaba una competición a la que ayudamos a dar sus primeros pasos de vida. Sólo por eso, ya nos la merecemos. No hay nada más nuestro. No quiero llorar, pero sé que lo haré, por ser la más feliz del mundo o la más desdichada. Sin término medio. Que no digan que sólo es un partido de fútbol. No lo es. Es mucho más que eso: un sentimiento, no trates de entenderlo.

 

Que nuestros jugadores sean caballeros del honor, que hagan que las estrellas de Milán brillen en los adoquines de sus calles, nuestras bufandas al viento y otra vez a cambiar la penúltima letra del “cómo no te voy a querer”. Que jueguen y mueran como un equipo, sabiéndose mejores, que lo son, pero sin confiarse en ello. Es una misión de hombres comprometidos con una única causa, la Undécima, que es el verbo y la carne. Ganar la Undécima para dejar descansar el alma hasta finales de agosto, ganarla para volver a poner nuestra leyenda en marcha y nuestra dinastía en lo más alto de Europa. Ganar la Undécima de cualquier manera, porque no nos importa el modo, nos importa ganarla. Ganar la Undécima para darle sentido a la vida y sacar a pasear este amor que nos colma por cualquier calle de cualquier lugar del mundo, levantando la cabeza con orgullo y haciendo saber al que nos mira de soslayo que sí, que somos del Madrid, el mejor club del mundo.

 

Escribo con el mismo nerviosismo que te recorre a ti el cuerpo porque eres madridista como yo y sabes, y sé, lo que se siente. Con la misma incertidumbre que tú y también con el mismo miedo. El mismo desconcierto e igual esperanza, quizás distinto ánimo, según el momento, pero dos únicas cosas intactas, la ilusión y nuestro grito: ¡¡¡Hala Madrid!!! Ganemos o perdamos, este amor no tendrá fin.

Share

Sobre El Autor