El PSG se ahogó en su propio miedo y el Madrid terminó arrojándolo al Sena. Los franceses no crearon ambiente de cara al partido de vuelta, crearon mal ambiente. Incendiaron la previa con malas artes y bengalas, con lloriqueos de ese perdedor llamado Emery, con la espina clavada de Dani Alves, que ha visto cómo la bestia negra de toda Europa lo vuelve a apear de la Champions. Al Madrid no se le gana con ultras, tampoco con declaraciones malintencionadas, ni con mucho dinero sobre el césped. Al Madrid se le gana con sudor, con garra, con hambre y con fútbol. Todo eso lo puso el Real, por eso somos nosotros los que estamos en cuartos y no los niños ricos del jeque.

El día de los enamorados comenzamos nuestra andadura hacia la Décimotercera y tuvimos que ir hasta la ciudad del amor para corroborar que nuestra relación con la Copa de Europa es una cosa seria. Al PSG nos lo pasamos por el forro y el Arco del Triunfo se abrió para nosotros, porque no hay nada más napoleónico que el Madrid y, de la misma manera que en su día conmemoró la victoria en la batalla de Austerlitz, ayer fue testigo de otra hazaña de los muchachos de Zidane. No hay ninguna ciudad europea que no conquiste el Real.

 

La historia de amor continúa. La Copa de Europa sigue a salvo. Nadie le pone tanto sentimiento a esta competición como el Real Madrid. No sabemos lo que deparará el destino, lo que está claro es que hay dos corazones latiendo al unísono: el de la Champions y el del escudo del club más importante del mundo. No estábamos muertos, estábamos sesteando. Fuimos capaces de silenciar el Parque de los Príncipes, donde fuimos Reyes, y a todo el antimadridismo. Fuimos capaces de poner a la Torre Eiffel a nuestros pies, que todos los museos de París se rindieran ante nuestro arte, que cada francés se fuera a su casa pensando que no pueden con nosotros ni con Rafa Nadal.

 

La primavera volverá a ver al Real Madrid en su competición favorita. No pasamos miedo, pasamos a cuartos.

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