El deporte en general y el fútbol en particular suelen ser escenario de confrontación de sentimientos. Confluyen en él la alegría del vencedor con las lágrimas amargas del vencido, la felicidad del campeón con la tristeza del que queda eliminado o se alza como segundo clasificado. Sin embargo, hay ocasiones especiales en las que el dios del balompié deja satisfechos a los dos contendientes y ayer, tras acabar la segunda semifinal de esta Champions, fue una de ellas: el Madrid irradiaba júbilo por haberse clasificado para jugar su tercera final en cuatro años y el Atleti por demostrar de nuevo que su grada canta, salta y anima muy bien. Cada uno a lo suyo.

Esa afición rojiblanca que ayer, bañados por una tromba de agua como indios en las praderas norteamericanas, nos seguía aleccionando con sus valores, con su forma de vivir el fútbol y con su superioridad moral, se fue feliz a casa por haber demostrado que se puede sonreír en la derrota. Esa hinchada incansable, que siempre apoya a su equipo haga lo que haga y demuestre lo que demuestre, sea en Primera o en Segunda, en una final de Champions o peleando por no descender, caminó por última vez en una noche europea por los aledaños del Calderón con la cabeza bien alta y mirando por encima del hombro a los que los habían eliminado minutos atrás. “Qué orgulloso estoy de mi equipo” se les oía decir tras veinte minutos buenos de ciento ochenta disputados. Lleváis toda la razón del mundo, queridos amigos atléticos: no os podremos entender en la vida.

Porque a mí no me entra en la cabeza cómo se puede presumir en la derrota y, menos aún, aleccionar a nadie sobre ella. A mí, que he visto ganar cinco Copas de Europa a mi equipo y puedo ver, Dios mediante, otra en menos de un mes, me intentan convencer de que ganar no lo es todo o, peor aún, quizá ni sea lo primordial. Y eso, a un seguidor del Real Madrid es imposible hacérselo comprender.

No podemos concebir que presuma de afición un equipo que ayer apedreó un autobús de rivales, o que no hace ni dos años la parte más vomitiva de esas gradas (que todavía se deja ver por allí con permiso del club) arrojase al río Manzanares el cadáver de un ultra del Dépor. No puedo entender que nos instruyan los del “Ea, ea, ea… Puerta se marea” o los del “Se va a morir el hijo de Mijatovic”. Por más que me esfuerzo, me es imposible.

Jamás en nuestro estadio una eliminación ha sido motivo de orgullo porque el mero hecho de perder no supone ninguno. Sí lo es el haber luchado hasta el final y morir intentando ganar siempre y en todo lugar, y por eso en nuestra historia tenemos tantas remontadas que nos es imposible enumerar. Yo no quiero ver en mi equipo a un capitán que se alegre de haber perdido un título porque ese gen es impropio del Real Madrid, de un club ganador que sólo conoce el camino hacia la victoria y que lucha con todo para apoderarse de ella. Lo que quiero son once tipos dejándose la piel por ganar siempre, a quien sea y donde sea y luego, si no se consigue, enorgullecerme yo, no ellos, de que lo intentaron con todas sus fuerzas.

De ningún modo podemos comprenderos y, probablemente, vosotros a nosotros tampoco. Jamás concebiremos lo que es animar en Segunda División porque nunca estaremos jugando allí. De ningún modo obtendremos placer en la derrota porque estamos tan acostumbrados al dulce sabor de la victoria que cualquier otro nos asquea. No podremos juzgar en este siglo ni en los venideros lo que se siente al ser eliminado cuatro veces por tu eterno rival en el camino hacia tu sueño más codiciado porque hemos sido nosotros los que os hemos apartado de él y, por suerte nuestra y vuestra desgracia, no sabemos lo que es ver levantar la Copa de Europa al capitán del equipo que odias porque habéis sido vosotros los que habéis visto desde el césped hacerlo a Ramos en un par de ocasiones.

Lleváis toda la razón del mundo cuando os jactáis de que jamás os podremos entender, hay pocas cosas en la vida que el madridismo agradezca tanto como eso, el no tener ni idea de lo que supone estar en vuestra piel.

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