Pensábamos que no volveríamos a ver un atraco que superara el que tuvo lugar en Stamford Bridge, pero cuando el Barcelona está con el agua al cuello todo es posible. Y de esta manera, porque no podía ser de otra forma, se consumó la remontada azulgrana ante un PSG cobarde, una triste caricatura del equipo que le endosó cuatro goles en París.

El robo nos sobrevolaba a todos el pensamiento. Sólo veíamos capaz al Barcelona de remontar de la mano del árbitro y así fue. Que no lo llamen épica, que lo llamen robo. Que no lo califiquen de hazaña, que lo cuenten como un atraco. Que no lo definan como una gesta, sino como una sinvergonzonería. En lo único que estoy de acuerdo con todos aquellos que hablan del partido como algo que pasará a los anales del fútbol es en que fue histórico. Lo fue porque es la primera vez que el quinteto arbitral y no sólo el árbitro principal colabora en un hurto de semejantes dimensiones. Todos ellos fueron cómplices del atraco. Todos pusieron su granito de arena. Iban predispuestos. Se notaba en el reparto desigual de tarjetas amarillas, en la señalización descarada de penaltis a favor de unos y ese mirar hacia otro lado cuando ocurrían en el área contraria. Se notaba en ese alargue de tres minutos en la primera mitad, algo inaudito, como si hubieran parado a comerse un lechón, y los descarados cinco minutos de la segunda, como si el PSG hubiera perdido tiempo en algún momento que, por otra parte, es lo que deberían haber hecho.

Da mucha vergüenza el Barcelona, que no es ejemplo de nada bueno, sino todo lo contrario. Da mucha vergüenza Luis Suárez, el jugador más antideportivo que han visto mis ojos. Da mucha vergüenza Juan Gaspart bañándose en el Mediterráneo, como en su día lo hizo en el Támesis. Un forofo que manda en la Federación. Da más asco que vergüenza, en realidad.

 

Tiene mérito, tiene mucho mérito, que el Madrid esté por delante en cuanto a Ligas y Copas de Europa viendo cómo se las gastan los del país imaginario. Ya lo dice el himno, triunfamos en buena lid. Ellos no pueden decir lo mismo. Son tramposos, son marrulleros, son macarras, son unos delincuentes de la deportividad. Y aún así, treinta y dos Ligas y once Copas de Europa.

 

Que no lo vendan como el partido del siglo. Todo el peligro del Barcelona llegó de la mano del quinteto arbitral. No sé por qué no se abrazaron a ellos en el último tanto. No hubo ocasiones de gol del Barcelona que no las creara el árbitro. Todo lo demás fue una posesión estéril, giros de Iniesta sobre sí mismo, penaltis de Mascherano a mansalva, desmayos de Luis Suárez y Neymar, faltas de Piqué al último hombre que se saldaban sin amarilla y un Messi que no marcaba hasta que el árbitro, cuyo nombre me niego a escribir, les regaló el primer penalti.

 

Sólo el Madrid, si le dejan, puede detener esta orgía de atracos por todos los campos de España y Europa. Sólo Florentino, si quisiera, podría poner las cosas en su sitio. Y sólo nosotros, los madridistas, somos capaces de no cerrar los ojos ni callar la boca ante una realidad que tratan de tergiversar.

 

El día después de que el Barcelona ensuciara como nunca el fútbol y lo pusiera, otra vez, bajo sospecha, Xabi Alonso anuncia que cuelga las botas. A mí también me entran ganas de dejarlo todo.

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