Sólo Rafa Nadal es capaz de sacar de la cama un domingo a media España para poner delante de la tele el mismo corazón que él pone en cada golpe. Un madrugón sin dolor, porque sólo hay una cosa más bonita que ver al Real Madrid ganar títulos: una final entre Rafael Nadal y Roger Federer.

 

Casi al mismo tiempo que Rafa, al que llamamos por su nombre de pila porque lo sentimos como de la familia, perdía la final en detrimento del suizo más preciso del mundo, el Betis le marcaba un gol al Barcelona, con lo que los madridistas, que nos habíamos quedados un tanto apesadumbrados y rotos de tanta tensión y nervios en el sofá, dábamos un respingo y volvíamos a la vida. Como Rafa, que ha vuelto a volver. Y tal vez eso sea lo más difícil, volver.

Hubiese sido tan hermoso verlo ganar, levantar otro título grande, coronarse de nuevo…pero se le escapó. Aún así, Nadal es el único que es capaz de ganar perdiendo. Sólo queda agradecerle todo lo que nos hizo sentir, lo que nos está haciendo sentir y lo que nos va a volver a hacer sentir. Estamos orgullosos de él por su raza, por tanta entrega, por ese sudor que le resbala por la frente y termina cayendo sobre la pista, por su caballerosidad, esa flema suya tan característica que parece mentira que sea español.

 

Gracias por tu culto a la raqueta, por tu grito de guerra, por tus modales contenidos, por tu elegancia tanto en la victoria como en la derrota. Gracias por ser una leyenda a la que no se le puede poner ningún pero, por no entregar nunca tu cetro, por luchar como si fuera lo último que te queda por hacer en la vida. Gracias por hacernos creer en los milagros, que contigo nunca tres bolas de break en contra son suficientes para desquiciarte ni desconcentrarte, gracias por tu mágico revés, por tu puño cerrado, por tu passing shot de PlayStation.

 

Sé que es una suerte haber coincido con la época en que un tenista español se convirtió en el mejor del mundo. Un tenista que también es el mejor deportista español de todos los tiempos. Un despliegue de talento unido a una mentalidad ganadora asombrosa. Gracias por dar siempre lo mejor de ti mismo para ti y para tu país, gracias por arrastrarnos contigo hasta el sufrimiento más bello, gracias por angustiarnos tantas veces para llevarnos después a la gloria. Gracias por tantas emociones fuertes, por ser ejemplo y ejemplar, por deslumbrarnos, por hacernos felices de tu felicidad.

 

Pienso seguir estando en todos los desenlaces que le toquen vivir a Nadal, disfrutar y divertirme. Rafa tiene hambre, como si nunca hubiese mordido un título, como si jamás hubiera ganado nada.

Mientras Nadal y Federer se deshacían en elogios, en el Villamarín tenía lugar un gol fantasma. Cuando el suizo se quedaba solo ante los fotógrafos para inmortalizar su triunfo, los culés empataban. Estando ya Rafa en su vestuario, el partido en Sevilla terminaba y los azulgranas se dejaban dos puntos. Fue aquí cuando entró en juego el madridismo del tenista balear. Los culés celebraban la derrota de Nadal sólo porque éste es madridista, supongo que en un intento de sentirse algo mejor tras una nueva debacle de su equipo. Así de grande es Rafa y así de grande es el Madrid, capaces de caminar de la mano para rabia o júbilo, según toque, del antimadridismo.

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