Vi las caras de los aficionados del Valencia en las gradas de Mestalla cuando marcaron el 1-2. Eran caras llenas de rabia, los puños bien cerrados, las venas del cuello al filo de la explosión. Vi a Marcelino celebrarlo como si el árbitro hubiera indicado el camino de los vestuarios en una final de la Copa de Europa. Parecía Simeone celebrando un empate en el Bernabéu. Sólo era un gol que acercaba a los suyos en el marcador. No era un empate, ni el gol de la victoria que culminaba una remontada. No era nada de eso. Era mucho más. Era un gol al Real Madrid y eso, para el antimadridismo, siempre es un título.

Vi a Mestalla cantar “así gana el Madrid” después de que el árbitro señalara dos penaltis que, a todas luces, lo eran. Vi cómo increpaban a Cristiano en cada balón que el portugués tocaba. Vi cómo recibieron al equipo blanco a su llegada al feudo valencianista, con lanzamiento de objetos y gritos de “hijos de puta”.

 

Vi al antimadridismo salir desolado, sabiendo que habían perdido la oportunidad de salvar su temporada ante, probablemente, el Madrid más pasota de los últimos años. Los vi rabiar, los escuché hablar de robo, obviando el que perpetró el Valencia en el Bernabéu. Los vi, en definitiva, ahogarse en charcos de bilis que terminaron desembocando en el Turia.

Fue una jornada triste para los antimadridistas, sarnosos de sangre, esperanzados en hundimos, ilusionados con humillarnos. Fue una tarde de sol en la que el Madrid dejó su bandera ondeando en Mestalla y un marcador abultado para la portada de Superdeporte. Fue un rayo de luz para el madridismo, desolado con la eliminación copera. Nada que nos haga saltar de alegría, pero siempre es un placer ganar allí donde nos odian tanto, donde nos esperan con tantas ganas, donde no somos bienvenidos porque la envidia y una Copa se Europa parisina es una estaca en el corazón valencianista.

 

Bien ganados están. Goleados, además. Lo pasamos mal por momentos, con ese gol local que hizo estallar Mestalla antes de que el Madrid lanzara por los aires el estadio entero culminando paredes a la velocidad de la luz, silenciado una grada irrespetuosa y ávida de rencor. No vamos a tirar cohetes por ganarles, no somos tan tristes como ellos, pero bien ganados están. Goleados, además.

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