Otra vez el Bayern de Múnich interponiéndose en el camino de otra Copa de Europa. Otra vez el Allianz Arena. Otra vez Alemania. Otra vez el Real Madrid enfrente de un auténtico partidazo de fútbol.

Tengo miedo. No contamos los madridistas con un Aytekin de turno que nos abra el pasillo hacia una nueva eliminatoria. Tendremos que tirar de lo de siempre: fútbol, casta, honor, alma y fe. Y aún con todo ello, tengo miedo.
Fútbol le sobra al Real Madrid, aunque también sepa ganar sin excelencia. A veces la famosa pegada nos abandona y regamos la flor, agarrándonos a ese clavo ardiendo que es el tiempo de descuento. Aunque no siempre suene la flauta.
La casta nos viene de fábrica, como esos toros que embisten con los ojos inyectados en sangre. Casta es morir con todo, con las botas puestas, hasta el último aliento. Casta es reventarse detrás de cada balón, empapar la camiseta, ser consciente de la historia del escudo que late en la camiseta justo encima del corazón.
De honor también vamos servidos. El madridista es un soldado del deber, que no es otro que ganar y ganar y ganar, convirtiendo en gloria la historia del Real Madrid. El madridista es digno y, como reza su himno, triunfa en buena lid.
El alma también juega al fútbol, dándole vida a las piernas cuando éstas no responden a la orden de la cabeza, elevándose a por ese balón que se antoja inalcanzable y termina acariciando la red. Alma es lo que millones de madridistas ponemos cada día de partido, alentando desde cualquier rincón del planeta, dejándonos llevar por este bendito sentimiento.
La Biblia es uno de los libros que más habla de fe y el Real Madrid quien más cree en ella, quien se aferra, quien jamás se rinde. Sin fe no seríamos lo que hoy somos, el mejor club del mundo, la entidad deportiva más importante. Sin fe no habría existido la Décima, ni aquella segunda Liga de Capello, ni todas esas remontadas de los años ochenta que nos erizan la piel.
Si hay fútbol, si hay casta, si hay honor, si hay alma y hay fe, será imposible no poner los dos pies en las semifinales. El miedo me lo quedo yo. Los nervios, para mí también. Y el dolor. Y el amor. Al fin y al cabo, es imposible ser madridista sin mariposas en el estómago cada mes de abril.

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