Corría el año 2011, primeros días del mes de septiembre. Me pasé horas delante del ordenador tratando de conseguir un abono que me permitiera asistir a la semifinal de la Copa Davis que se iba a disputar en Córdoba, en la plaza de toros, entre España y Francia. Cuando después de una espera interminable logré acceder a la web en la que se adquirían las entradas, fue mayúscula mi sorpresa al comprobar los precios de las mismas. Vacilé tan sólo unos segundos. “¡Qué más da!”, me dije, “se trata de ver a Rafa Nadal en directo, algo que no sé si alguna otra vez tendré oportunidad de hacer”. Me saqué uno de los mejores abonos. Tenía derecho a ver cinco partidos de tenis. Cuando vi a Nadal a tan sólo unos metros de mí me invadió una sensación parecida a la que me recorre el cuerpo siempre que entro al Santiago Bernabéu. “Ahí está, es de verdad, es humano”, me repetía. España ganó a Francia, otra espinita que aún tendrá clavada la ex ministra francesa, y jugaría la final contra Argentina.

 

 

Pasó un tiempo hasta que se decidió que la sede da la final sería la ciudad de Sevilla. “Tengo que ir como sea”, le decía a todo el mundo. Estábamos ya en el mes de noviembre, la fecha establecida para comprar los abonos para la final. Me senté delante del ordenador y repetí el mismo procedimiento que en la semifinal. El precio de los abonos para la final eran aún más desorbitados, pero yo estaba ante una oportunidad histórica para mí currículo de eventos deportivos asistidos y para España.

 

Me hice con otro abono. Había que esperar hasta principios del mes de diciembre, fecha dispuesta para que arrancara la final. Me desplacé hasta Sevilla y allí viví tres días inolvidables de tenis. La final se disputó en el estadio de La Cartuja, con una pista de tenis muy mal dispuesta para el espectador, todo hay que decirlo, pero con un ambiente que jamás he vuelto a presenciar. Habría unos mil argentinos que eran todo corazón y empuje, pero Sevilla, como dice la canción, tiene un color especial y el equipo español jugó con el viento a favor. He ido varias veces al Sánchez Pizjuán y al Villamarín a ver al Madrid y envidio el calor de la grada. En una final de la Copa Davis, con una Sevilla que se siente española y orgullosa de ello por los cuatro costados, no iba a ser menos. Las gradas del estadio olímpico estaban pobladas de banderas de España y nuestras gargantas eran un altavoz hacia la consecución del título. España derrotó a Argentina con un Ferrer inmenso y un Nadal que estaba otra vez delante de mis ojos. Nunca lo olvidaré. Puede parecer una tontería, pero desde entonces siento que formo parte del deporte español, de aquella hazaña, porque yo estuve allí animando, tanto en la semifinal como en la final y siempre diré orgullosa, cuando Nadal se retire y sea más leyenda de lo que ahora es, que lo vi jugar, que los golpes que tantas y tantas veces había visto por la tele eran de verdad, que sus carreras hacia bolas que parecían perdidas estaban ocurriendo delante de mí, que escuché su “¡vamos!” en directo, que es de carne y hueso, aunque haga cosas que se escapan al más común de los mortales.

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A mí a Nadal que no me lo toquen, ni esa ex ministra francesa a la que le corroe la bilis, ni ningún culé o atlético que reniega de sus éxitos por ser madridista, obviando que, por encima de todo, el de Manacor, es español. Por Nadal no sólo pondría la mano en el fuego, también me hipotecaría de por vida. Confío en él como confío en mi madre. Debe ser difícil de asumir para los franceses que Rafa sea un gran competidor, alguien que pelea una bola con 40-0 en contra como si fuera un match-ball, con una cabeza prodigiosa para saber exactamente qué hacer en los momentos claves. Inteligente, analítico, resistente, agresivo, triunfador, humilde, voluntarioso, determinante, fuerte, solidario, luchador, perseverante. Si los franceses no han sabido dar, a lo largo de su historia, con un deportista con todas esas cualidades, a las que añadir un talento innato, no es culpa de España, no es culpa de Nadal. Él va a París y no regresa de allí hasta que no lleva otro Roland Garros debajo del brazo, qué se le va a hacer, Nadal es así. Si quieren que su Grand Slam lo gane un francés, que permitan sólo que lo jueguen tenistas franceses, pero a Rafa, como al resto de deportistas españoles, que lo dejen tranquilo, que no traten de manchar su impecable carrera, ni de desestabilizar una mente que trata de volver a volver.

 

 

Ojalá este año, si las lesiones lo permiten, Rafa llegue a París en buen momento, con las posibilidades intactas para volver a coronarse campeón en Francia. Que pise la tierra batida de la Philippe Chatrier y vaya destruyendo rivales ante los ojos de los franceses, uno detrás de otro. Ojalá sea capaz de llegar a la final con la excelencia que lo caracteriza y vuelva a levantar otro Roland Garros. Sería le mejor tortura para todos aquellos que dudan de su limpieza como deportista, de su honestidad como ser humano, que Rafa siga provocando un colapso mental entre los franceses.

Para mí, Rafa Nadal es el mejor deportista español de la historia, un mago de la raqueta que fue capaz de derrotar a Federer cuando en Londres caía la noche, alzándose con su primer Wimbledom, un torneo casi vetado para los españoles por sus características. Y lo consiguió no sólo una vez, sino dos. El más difícil todavía. Ejemplo para los niños, que no es que quieran ser Nadal, sino Rafa, algo que humaniza al de Manacor, que lo acerca más a nosotros alejándolo de toda deidad y mitificación. Zurdo, pero diestro, audaz y obediente, disciplinado y español. Tan nuestro.

 

Trabajador y talentoso, estratega, comprometido y madridista. Más nuestro todavía.

Las declaraciones de la ministra francesa quedarán en un bufido cuando Nadal gane un punto imposible, cierre el puño y lo levante gritando “¡vamos!”. Entonces su rugido le habrá ganado al bufido. Volverá de las lesiones, volverá a comerse la hierba, el cemento y la tierra, volverá para levantar un 40-0 en contra y tres puntos de partido seguidos. Todo eso es Rafa Nadal, un superviviente físico, mental y de calumnias. El mejor deportista español de la historia. Sin trampas ni cartón.

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