Existen ciertas frases que, con el paso de los años y a través de su repetición continuada, los medios de comunicación han ido introduciendo paulatinamente en la sociedad hasta casi su completa cimentación en ésta. Desde que uno tiene memoria, alcanza a recordar algunas de ellas: “El Madrid no juega a nada”, “el Madrid ha pedido su señorío”, “el Madrid siempre ha sido un equipo que se ha basado en la cantera” o, últimamente, “el Madrid de Zidane gana por suerte”. Todas estas afirmaciones y alguna que, seguro, dejo en el tintero, reúnen dos condiciones comunes e invariables: se repiten hasta la saciedad y son absolutamente falsas.

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En una sociedad como la española, en la que siempre se ha tendido a minimizar las virtudes del rival y aumentar hasta la desfachatez las propias, reconocer que ese ex jugador de reluciente coronilla, sin carnet ni experiencia, está capitaneando a un gran Real Madrid sería una afrenta. Darle la razón a Zidane, el manager sin talento que osa llevarle la contraria a los eruditos del micrófono y la pluma admitiendo que ha podido ganar en menos de un año una Copa de Europa, una Supercopa continental y un Mundialito de clubes por méritos propios es inviable para las altas esferas del periodismo patrio. ¿Qué sabrá ese francés de fútbol en comparación con el amigo Pellegrini, ahora entrenando en China; o del que tenía que ser para muchos seleccionador nacional, Paco Jémez, ahora haciéndolo en México? ¿Qué puede entender Zidane, a todas luces uno de los cinco mejores jugadores de la historia, en comparación con Manolo Lama o José Joaquín Brotons? El Real Madrid de Zizou no ha asaltado el Calderón, empatado contra el Barça, ganado una Copa de Europa en Milán o maravillado con sus cifras durante los últimos treinta y tantos encuentros por méritos propios, lo ha hecho todo por suerte, la misma que lleva teniendo desde su fundación en 1902 y que lo ha agolpado a base de títulos a ser el mejor club de la historia. Pues bendita sea esa suerte entonces… y ojalá no nos abandone jamás.

 

El mes que viene, Dios mediante, servidor alcanzará la treintena. Desde que tengo uso de razón he venido escuchando que el Madrid no juega a nada, cosa que, en mis primeros años frente a un televisor viviendo en primera instancia el debut de Raúl o el final de la carrera de Zamorano o Butragueño, me extrañaba sobremanera. “Papá” – preguntaba en casa de vez en cuando – “¿Por qué todos los equipos que le pegan patadas a un balón juegan al fútbol y el Madrid, haciendo lo mismo, no juega a nada?”. Él, sentado junto a mí en el sofá de casa, siempre me respondía lo mismo: “Porque gana, hijo, porque gana”.

 

El domingo, entre cervezas y aperitivos antes después de la final, tuve que volver a lidiar con ese aficionado de diario deportivo, auriculares y boina que me volvía a reprochar lo mismo: que el Madrid no juega a nada: “El Barcelona tiene el tiki-taka” – me dijo – “el Atlético de Madrid, el orden defensivo” – añadió – “pero, ¿el Madrid? ¿A qué juega el Madrid?” – y entonces me quedé en silencio, mirándolo a los ojos y reflexionando una vez más sobre esa pregunta que me hacía él en ese instante y que tantas y tantas veces había oído con anterioridad. ¿A qué era lo que llevaba jugando mi equipo durante estos ciento catorce años? Y, recordando esa frase de mi padre, no pude contestarle otra cosa que: “a ganar, a eso jugamos, que es lo que hemos hecho toda nuestra vida”.

 

Ese es nuestro estilo, amigos; ni el contragolpe, ni la posesión, la verticalidad, el toque, el catenaccio o el jogo bonito; el sello del Real Madrid es vencer siempre y en todo lugar, cueste lo que cueste y haciendo lo que haga falta para ello… y por eso no hay nadie más grande que nosotros. Ni lo ha habido ni lo habrá.

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