Los dieciséis años que José Antonio Camacho pasó en el Real Madrid son más que suficientes para considerarle una voz autorizada a la hora de hablar sobre el club. De él viene una de las frases que más me gustan sobre la cantera: “los canteranos del Madrid no deben conformarse con llamar a la puerta del primer equipo, tienen que tirarla abajo”. Y yo, si me permiten, le añadiría una coletilla más: “deben hacerlo una, otra y otra vez… siempre que sea necesario”.

 

La cantera del Madrid es una pieza más en el engranaje de la empresa deportiva más poderosa del planeta, no la única y, desde luego, no la más importante. El canterano parte con la ventaja de conocer las instalaciones, la filosofía y los valores de la entidad desde bien pequeño, pero no por ello debe tener prioridad a la hora de confeccionar la plantilla.

MADRID, SPAIN - APRIL 09:  Lucas Vazquez  of Real Madrid celebrates scoring his side's 2nd goal during the La Liga match between Real Madrid and Eibar at Estadio Santiago Bernabeu on April 9, 2016 in Madrid, Spain.  (Photo by Denis Doyle/Getty Images)

MADRID, SPAIN – APRIL 09: Lucas Vazquez of Real Madrid celebrates scoring his side’s 2nd goal during the La Liga match between Real Madrid and Eibar at Estadio Santiago Bernabeu on April 9, 2016 in Madrid, Spain. (Photo by Denis Doyle/Getty Images)

En el Madrid deben jugar los mejores jugadores del mundo, sin importar procedencia, nacionalidad, raza o religión. El mejor equipo sobre la faz de la tierra debe contar con los más grandes jugadores que existan porque así lo dicta su historia, su repercusión mundial y su inacabable palmarés. Querer españolizar una plantilla por obligación significa provincializar un ente que es patrimonio de la humanidad, reducir al mínimo a un club que aspirar a conquistarlo todo.

 

En muchas ocasiones hemos visto casos de jugadores mimados y protegidos por los medios de comunicación que prometían una carrera profesional apasionante y que luego no dieron la talla sobre el césped del Bernabéu. Contamos por decenas a aquellos futbolistas que un día se tuvieron que marchar de Concha Espina para no regresar porque la puerta de la que hablaba Camacho se les hacía demasiado pequeña para poder pasar. Pero, por suerte, hay otros muchos que no se conformaron hasta que no hicieron astillas ese trozo de madera que les impedía el camino hacia el sueño de su vida. Uno de los más recientes es un gallego de piel tostada llamado Lucas Vázquez.

 

Lucas tiene todo lo que yo admiro de un canterano: trabajo constante e ininterrumpido, sacrificio absoluto, admiración y respeto por la camiseta que viste y una profesionalidad que te hace admirarlo y adorarlo a partes iguales. Jamás ha salido de su boca una recriminación ni a la afición ni a sus entrenadores o compañeros, nunca se ha quejado de la falta de minutos aunque, en muchas ocasiones, haya tenido motivos para eso. Él se limita a entrenar y a no defraudar cuando sale al terreno de juego, que es todo lo que le pido a cualquier jugador del Real Madrid: compromiso y profesionalidad.

 

A base de esfuerzo y tesón un fichaje al que algunos tildaron de innecesario y que Florentino repescaba para cumplir el cupo de canteranos en el equipo se ha hecho pieza básica e imprescindible de este Real Madrid. Él, un chaval de veinticinco años que tiene por delante al tridente con más calidad del globo, ha sabido ganarse minutos y aprovecharlos después. Siempre que juega, cumple; siempre que salta al campo, se deja la piel, la sangre, el sudor e incluso las lágrimas sobre él porque ha entendido a la perfección que un canterano del Real Madrid debe esforzarse el doble y esperar la mitad que sus compañeros, por muy injusto que pueda parecer eso y por la sencilla razón que se le presupone a todos ellos: el amor incondicional al escudo que lucen en el corazón.

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Lucas Vázquez tuvo que dejarse a media familia a cientos de kilómetros para venir a Madrid, se ha machacado siempre y en todo lugar, desde que debutase con el Castilla en Segunda B hace unos años hasta que marcó el penalti de la undécima con una tranquilidad y una templanza impropias de un crío de su edad. Tuvo que marcharse para hacerse notar en Barcelona, en la tierra del eterno rival; regresó sin hacer ruido y con el murmullo de los críticos que nunca lo creyeron digno de la casaca que volvía a enfundarse y, sin embargo, pocos en ese vestuario merecen llevarla más que él. Lucas es un ejemplo a seguir para todos y cada uno de los niños que van a entrenar a Valdebebas, desde el pre benjamín hasta los pupilos de Solari, todos y cada uno de ellos debería aprender de él porque pocos, muy pocos de los canteranos que este último lustro ha sacado la fábrica se ha esforzado tanto por tirar, como diría Camacho, la puerta abajo como ha hecho él. Y eso es un motivo de orgullo para el club, para él, para sus más allegados y para todos los madridistas de corazón.

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