Cuando el Sevilla cumplió cien años, El Arrebato, sevillista confeso, le compuso al club el que probablemente sea el himno de un equipo de fútbol más pegadizo del mundo. Cualquier seguidor de cualquier otro equipo se sabe, como mínimo, el estribillo de dicha canción. Es imposible no hacerlo cuando, en pleno furor de El Arrebato, una estaba en una caseta de la feria del pueblo y de repente sonaba a las cinco de la mañana. Y con el ron una se atrevía a tararear para sí eso de “Sevilla, Sevilla, Sevilla, aquí estamos contigo Sevilla”. Fue una moda. Y, como todo, las modas pasan. Ahora lo cantan a pleno pulmón en el Pizjuán, como debe ser, pues los campos de fútbol son las casa de los himnos. Tristemente murió Antonio Puerta y todos fuimos un poco del Sevilla, todos nos dolíamos como su afición, a todos se nos derramó alguna lágrima. La humanidad por encima de todo. Luego empezaron a proclamarse campeones de la Europa League y de alguna Supercopa de Europa y los sevillistas empezaron a creerse que eran alguien, que eran importantes. Campeones de la Europa League ante equipos que no conocen ni en sus casas a la hora de comer. No habrían ganado una Copa de la UEFA de los años ochenta ni con todos los apóstoles rezando por ellos en las gradas.

La primera vez que fui al Pizjuán fue a ver un partido en el que no jugaba el Sevilla. Era un Real Madrid-Inter de Milán de la Copa de Europa. Nos cedieron su estadio después de la sanción al Bernabéu por el episodio famoso de la portería en aquellas semifinales de la Champions que nos valdrían luego para ganar la Séptima. Después, he seguido yendo muchísimas otras veces al estadio sevillista a ver al Madrid. Partidos de Liga, de Copa del Rey…muchos encuentros. De un tiempo a esta parte, la actitud del sevillista con el madridista ha cambiado radicalmente. Ahora no nos cederían su estadio, seguramente su afición se opondría. Ahora son tan antimadridistas como lo puede ser un culé o un atlético. Y todo porque se han creído que son alguien por ganar la Europa League ante equipos que ni ellos mismos saben ni pronunciar ni escribir. Ir por los aledaños del Pizjuán con tu bufanda o camiseta del Madrid es recibir un puñado de insultos. “¡Catetos!”, suelen gritar. Y es lo más liviano que una puede escuchar. También he de decir que en el Villamarín ocurre exactamente lo mismo, pero con menos furia.

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Biris y bilis son dos palabras que se parecen peligrosamente. Sólo una letra las hace diferentes y no creo que sea casualidad. Esos de detrás de la portería, ese foco de animación, por llamarlo de alguna manera, es una piara de cerdos, por llamarlo de otra que los defina mejor. Cuando el Sevilla juega contra el Madrid se visten de rabia y tienen dos objetivos claros: Sergio Ramos y Cristiano Ronaldo. Desde los diferentes asientos que he ocupado en el Pizjuán las numerosas veces que he ido he podido comprobar cómo la afición sevillista, la que no está detrás de la portería, increpaba a la piara de cerdos por insultar a Sergio Ramos. “¿Qué os habrá hecho a vosotros Ramos?”, les gritaba una vez un señor, como si los de la piara lo pudieran escuchar. Y luego está Cristiano, al que el periodismo, desde el primer día que llegó, puso en el punto de mira de todas las aficiones de todos los campos de España porque se les antojó decir que era un chulo y todo lo que ellos quieran inventar.

Los Biris son un puñado de analfabetos, incapaces la mayoría de distinguir entre “a ver” y “haber”, niñatos a los que el conocimiento no les da ni para sacarse el carné de conducir y a los veinticinco años siguen conduciendo una Scooter. Su odio hacia el Real Madrid nace de la necesidad imperiosa de hacerse notar, de creerse importante. Nos odian porque somos todo lo que ellos no serán nunca, ni fundándose el club cincuenta veces. Nos odian porque de alguna manera tienen que sacarse del cuerpo su frustración en la vida. Nos odian porque algo tienen que sentir, aunque sólo sea odio. Los Biris no son todo el Pizjuán, pero sí son los que se dejan notar, los que se dejan escuchar, a los que dejan actuar.

Hace dos años decidí no volver a entrar en el estadio Sánchez Pizjuán. Ir allí, aunque el Madrid siempre ganó estando yo en las gradas sevillistas, era un constante sufrimiento. Siempre me levanté de mi asiento a celebrar los goles, siempre, a pesar de las miradas. Siempre me levanté a pedir un fuera de juego o a exigir una falta a favor de mi equipo, a pesar de las miradas. Y siempre tuve que esconder la bufanda al término del partido o había empujoncitos que parecía que eran consecuencia del reguero de gente, pero no. Siempre tuve que esconder la bufanda al terminar el partido o había insultos por parte de algún paleto que avanzaba ya a toda prisa por Nervión con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones del H&M.

Cristóbal Soria se ha erigido como máximo exponente del antimadridismo sevillista. Me gusta ganarles por tipos como él, a los que el personaje ha devorado. Me gusta ganarles por gente como Del Nido, que es la prepotencia y la chulería personificada. Me gusta ganarles por gente como Paquirrín, que es la viva representación en cuanto a cultura y barriga del sevillista que ocupa la zona de detrás de la portería. Me gusta ganarles porque el Madrid tiene que ganar siempre, porque nos odian y en su bilis habita nuestro orgullo. Ojalá sigan probando las mieles del descuento, como en la Supercopa de Europa, como en la Copa del Rey.

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