No es sólo un deporte, no es sólo fútbol. No son millones de euros, ni contratos publicitarios, ni un nuevo tatuaje, ni el más moderno corte de pelo. Es algo que está dentro de tu cuerpo, que recorre tus venas, que late en tu pecho, que te eriza la piel, que empaña tus ojos. Es amor por el Real Madrid.

Es ir cada partido al Bernabéu, que es casa, como quien va a ver a unos amigos. Es una cita obligada por televisión para quienes no pueden verlo en Chamartín. Es algo que paraliza nuestras vidas durante dos horas. Algo sagrado, de lo que te sientes orgulloso, con lo que sufres y disfrutas.

Es ponerte la camiseta y saberte más guapo y más fuerte que nadie con ese escudo, es recitar de memoria los dorsales de nuestros jugadores, alineaciones de antaño. Es volverse loco porque no salen las cuentas con el palmarés de tanto añadir títulos. Es comprar con toda la ilusión del mundo una equipación del Real Madrid para tu hijo, para tu sobrina, para tu primo, para tu nieta y morir de amor al vérsela puesta.

 

Es esperar que pase el verano para que todo vuelva a empezar, ir descontando meses hasta mayo y entonces volver a ganar. Es frío en la grada, es saltarse un semáforo porque el partido va a empezar y no llegas a casa, es abrazarte a cualquiera que tienes al lado en un bar porque ese tiro de Casemiro acaba de entrar. Es hacer kilómetros en autobús con tu peña, compartir coche con tu padre, tren y avión con tus amigos hasta llegar hasta él, hasta el Real Madrid.

Es un sentimiento con el que se nace, un orgullo inexplicable, un honor mayúsculo. Es como el amor de una madre, algo imperecedero. Es como el beso de un hijo, fiel, leal y sincero. Es algo con lo que se muere, que no se desgasta ni desaparece. Es para toda la vida. Lo más grande.

Es llorar con el segundo gol de Cristiano porque sabes que ya es nuestra, que nos la llevamos de nuevo; que otra vez los nervios, la ansiedad y las pocas horas de sueño valieron la pena. Es salir a celebrarlo en cualquier calle, en cualquier fuente, con tu camiseta, tu bufanda y tu bandera; con tus amigos, esos con los que debates alineaciones, los mismos que comparten tu pasión. Es enamorarte de la diosa Cibeles cada vez que pasas cerca de ella y, sin darte cuenta, tu cabeza lo piensa: “en primavera vendremos a verte”.

 

Es llamar a tu padre y decirle “papá, otra vez, otra vez somos campeones de Europa”. Es mandarle un WhatsApp a ese que te envió mil veces la foto de Messi enseñando su camiseta en el Bernabéu. Es levantarte al día siguiente como si nada más existiera en el mundo, sólo el hecho de saber que tu equipo es el mejor que puede haber.

 

Es dolor, lo es. Como cualquier amor. Es creerse morir a veces con una derrota. Es desasosiego también. Nunca desidia, ni hastío. Es volver a empezar, volver a levantarse, que somos el Madrid y aquí no se rinde nadie.

 

No trates de explicárselo a nadie, no tienen por qué entender lo que sientes, no lo van a hacer. Si no les late, si no perecen con ello, si no habita en su cuerpo, si no mueren un poco con cada gol en contra, si no lo lloran ni les va la vida en ello jamás podrán entenderlo. Que ver al Madrid ganar una Copa de Europa es poesía para los ojos.

Cuando yo nací, el Real tenía seis Copas de Europa. Oía hablar de ellas como una utopía. A día de hoy, ya he visto a mi equipo ganar otras seis. ¿Y quién va a entender lo que siento? Sólo tú, que me estás leyendo.

 

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