Desde que se anunció que el Real Madrid le había quitado al Sevilla a Mariano de esa forma tan cruel y poco señorial, mucho se ha hablado de las cualidades del otra vez goleador blanco. Cualidades que han quedado minimizadas desde que el canterano se decidió por el Real Madrid y no por un equipo grande como el de la capital hispalense. Mariano es ahora menos bueno que cuando el Sevilla casi se hace con sus servicios.

Acerca del nuevo fichaje madridista, sólo existe una verdad. Yo lo tengo claro. Nunca le voy a tener que pedir que se deje el alma en cada partido porque sé que lo hará. No le voy a tener que pedir que sude la camiseta porque sé que lo hará. No le voy a tener que pedir que corra como si le fuera la vida en ello. Lo hará también. Lo sé porque ya lo he visto hacerlo, cuando con apenas cinco minutos de tiempo para demostrar su valía, Mariano salía al césped y se comía el mundo. Era el último día de su vida para él en ese momento y así nos lo hacía ver.

Sabe lo que significa llevar ese escudo en el pecho y lo va a honrar. No me cabe la menor duda. Es un madridista cumpliendo un sueño. Es uno de los nuestros. Va a buscar el gol con ahínco, por todos los caminos, por tierra, mar y aire. Mariano vive de dejar el balón dentro de la portería, de alejarse celebrando el gol mientras el portero se levanta y lo mira de soslayo.

 

No es el Mbappé que se soñaba, ni el Neymar que pedían muchos. No es el sustituto de Cristiano Ronaldo porque Cristiano sólo hay uno. Es Mariano Díaz Mejía, un futbolista capaz de desmentir a un medio antimadridista como el As al mismo tiempo que lanzaba flechas de amor al club y se hacía un hueco en el corazón del madridismo. Y, por si fuera poco, ha dejado rabiando al sevillismo, que ya lo esperan con flores en el Sánchez Pizjuán.

 

Le podrán salir mejor o peor las cosas cuando sea su turno, pero hay certezas irrebatibles. Mariano pondrá toda su garra al servicio de la camiseta, morirá en cada envite, sentirá lo mismo que tú y que yo después de una derrota y la misma felicidad con cada victoria. Va a partirse la cara y a dejarse el alma, ya sea desde el minuto uno o en las postrimerías de un partido ganado. Sé que él es así porque ya lo he visto serlo. No es Mbappé, ni es Neymar. No va a levantar al Bernabéu de sus asientos con filigranas, pero sí arrancará la ovación de quien sabe que ese muchacho está dando su vida detrás de cada balón. Lo vas a ver.

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