He leído por ahí que Simeone tiene un plan. Puedo imaginar cuál es, seguir jugando a los Latin Kings. Zidane tiene otro plan: ganar esa maldita Copa de Europa. He leído también que el Atlético de Madrid se la merece. No entiendo por qué. Como si llevaran toda la vida llegando a la final, como si la hubieran inventado ellos, como si no hubieran perdido ningún partido hasta llegar a Milán o como si su portero ostente el logro de no haber sido batido como local. El día 28 de mayo pasará lo que tenga que pasar, lo que el destino tenga pensado escribir, lo que está claro es que si un equipo, si un club, merece reinar en Europa ese es el Real Madrid. Porque nadie llama a las Copas de Europa por su nombre, con un nombre propio, desde la Primera hasta la Décima; porque en ningún sitio se ven tan bonitas como en el estadio Santiago Bernabéu, porque nadie las cuida como nosotros, porque esta se llama Undécima y hay diez hermanas esperándola y una diosa de nombre Cibeles deseando darle la bienvenida.

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Hay un madridista en cualquier ciudad y en cualquier pueblo de España soñando cada noche con ver al Real Madrid levantar otra Copa de Europa. Hay un madridista en cada pueblo y en cada ciudad de cualquier país de cualquier continente anhelando ser campeones de Europa por undécima vez. También hay un antimadridista en cualquier rincón y periodistas yendo a misa cada tarde para lograr el efecto contrario, que el club de Concha Espina no engorde sus vitrinas con el título más grande a nivel europeo. Y, aunque parezca mentira, también hay madridistas a los que no les importa que sea el Atleti el que se corone como campeón. Que se llamen como quieran, excepto madridistas. Y si de verdad lo son, cuanto antes se larguen de la familia que conformamos el madridismo, mejor. No queremos infiltrados ni traidores. Ha calado hondo ese mensaje sacado de no sé dónde que afirma que el Atleti se la merece.

 

 

Mi corazón late undécima, mis pulmones respiran undécima, mi cuerpo supura undécima. No existe otra cosa en mi vida desde que el Real Madrid consiguió el billete a la final. La vida sigue, todo mantiene su ritmo. El sol sale cada día y los planetas giran alrededor de él. Nacen niños, se apagan las estrellas, el pan está listo cada mañana, crecen las flores y tú, y yo, somos guiados en nuestros quehaceres diarios hacia un sábado que cambiará nuestras vidas para siempre. Otro mes de mayo. A ratos con miedo, a ratos con confianza, pero la mayor parte del tiempo con ilusión y esperanza.

Ser madridista es estar preparado para ganar una Copa de Europa. Otra. No estamos preparados para perderla. ¿Cómo se afronta eso? ¿Dónde se pone ese dolor? ¿Cómo es la vida luego? No lo quiero pensar. Ser madridista es creer. Y yo voy a creer en ellos, en los que nos han llevado hasta Milán. Y voy a creer también en los que van a San Siro a ver el partido, en su aliento. Y voy a creer en el plan de Zidane y en el universo conspirando a nuestro favor, en los planetas alineándose conforme al club que tiene ya diez Copas de Europa y en que el destino sea tan amable como lo fue el 24 de mayo de 2014, cuando tocamos el cielo con las manos y supimos lo que era la gloria y la felicidad más absoluta. Ser madridista es tener voluntad y confianza, saber ser un sufridor. Ser madridista es celebrar Copas de Europa.

 

Zidane tiene un plan, que es el tuyo y el mío, el plan del mes de mayo de los años pares. Que el Real Madrid sea campeón de Europa cada vez que llegue a una final debería ser una ley de la Constitución Española.

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