El madridismo esperaba a James Rodríguez como un niño espera el día de Reyes. Con ansia, con mucha ansia. Son muchas las esperanzas e ilusiones puestas en el jugador colombiano. Me daba pereza y hastío verlo en las últimas jornadas y, de repente, ante el Español, James volvió. Y volvió porque seguramente nunca se fue, sino que se estaba dando una tregua en su mente y en su juego, algo que ningún jugador del Real Madrid se puede permitir. Si defiendes la camiseta del mejor club del mundo lo haces también en lo personal, no solamente cuando sales al terreno de juego. Si vas con el coche a doscientos es noticia James Rodríguez, el futbolista del Real Madrid, no James David Rodríguez Rubio, un colombiano que ahora trabaja en España.

El caso es que el James futbolista parece que está de vuelta, que no está acabado o con la cabeza pensando en aumentos como muchos propagaban o deseaban. Para que el Real Madrid esté en condiciones de pelear por los títulos que le quedan es muy necesario que el cucuteño ponga al servicio del equipo sus mejores cualidades y todas sus ganas. Si James necesita confianza, le daremos confianza. Si necesita cariño, le daremos cariño. Todo, menos tiempo. El tiempo es lo único que no tiene cabida en el Real Madrid. No pueden existir en Concha Espina temporadas de transición, sólo temporadas de alirón; aunque últimamente haya más de las primeras que de las últimas.
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Desde la ignorancia futbolística que muchos me suponen y que seguramente tenga, me siento en condiciones de afirmar que James ha vuelto. ¿Por un partido? Sí, por un partido. Llego a esta conclusión después de repasar en más de una ocasión su partido contra el Español. Se atrevió a encarar y le salió, asistió, se vació en defensa, signo inequívoco de compromiso y que tanto recalca Zidane, sus compañeros siempre le encontraban porque se asoció como hacía tiempo que no hacía; soltaba el balón y se ofrecía y, en una de esas, aunque sea con suerte, tan importante siempre, marcó un gol. Y un gol hincha el pecho. Es el orgasmo en el fútbol. Pero lo más relevante, repito, fue su juego. La mejoría es innegable, que no vaya a ser intermitente es un misterio. Confío en él.
Con un James sólido, enseñando sus armas y sus dientes, sueño con la Undécima. La fortaleza está en la mente, que se lo digan a Rafa Nadal si no. Queremos verle fino, suelto, feliz, barriendo rivales, contundente y seguro. Un James que sólo titubee al hablar, poderoso con el balón, mágico en su proceder. El domingo se le volvió a encender la luz y debe permanecer prendida hasta final de temporada, dejando las tinieblas de Benítez, o de lo que sea que le pasara, atrás. Si James enciende la chispa, sus virtudes cobran vida.Si su talento echa a andar, la excelencia camina a su lado. Si lucha, ganará perseverancia. Si despliega sus alas al ritmo de su juego provocará ríos de elogios.
James alegra a la Colombia más deprimida y envuelve en ilusión al madridismo. Se me vuelve el corazón de colores vivos al pensar en un James herido en su amor propio, abriendo un escenario de cambio, llevando al Real Madrid a la conquista del viejo continente. Que sus buenos minutos no se queden en anécdota, sino que se conviertan en norma y su presencia en el equipo sea algo indispensable. Que no se deje vencer por el éxito y el hecho de ser quién es, sabiendo entender que para correr a doscientos tiene cada fin de semana un campo de fútbol, que todo lo demás sólo trae consigo enemigos, hienas dispuestas a mandarle al ostracismo. Para ser el mejor uno tiene que cultivar también su entorno afectivo y llevar el madridismo adherido a la piel.
He vuelto a ver a James. Era él. El ídolo sencillo. El de la sonrisa generosa, el que atesora normalidad llevando en sus botas la referencia de un país y la esperanza del club de fútbol más importante del mundo. Me pareció oírle decir que se quedaba, que quiere conocer a la diosa Cibeles.

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