Parecía una final de la Copa de Europa anticipada. Al menos para el Real Madrid lo era. No había ni un rincón del planeta en el que no hubiera una televisión prendida y alguien con ganas de ver ganar al equipo de los doce entorchados continentales o alguien con ganas de verlo caer. El madridismo respondió, como siempre en las grandes citas, y el equipo también. Los jugadores pusieron fútbol, sudor y garra. La Cibeles pasó una noche plácida, orgullosa de los suyos. Pero todavía nos queda París, como en Casablanca. Será largo y será duro, pero el primer paso al frente lo hemos dado nosotros. Dimos una lección de fe, de estar medio muertos, pero no enterrados. El mundo entero lo vio. Lo vio Madrid y lo vio París.

La Torre Eiffel vio a Cristiano Ronaldo saciar su hambre de gol, ser el nueve que se le reclama al Madrid, engordar sus cifras, erigirse majestuoso como ella, titánico, tan glorioso. El Museo del Louvre sintió envidia del arte que atesora Modric en sus pies y la Catedral de Notre Dame contempló la coronación de Asensio como en su día fue testigo de la de Napoleón.

Los Campos Elíseos creían ver a Marcelo subiendo y bajando una y otra vez su avenida, sorteando coches y árboles con el balón en los pies. A la Ópera Garnier le puso música Zidane, siendo el fantasma de Émery con sus cambios, revolucionando el encuentro, ganando así el partido. Al Palacio de los Inválidos le habría gustado tener como huésped a Isco, después de que el malagueño fuera sustituido tras haberse dejado en el campo tanto sudor como los soldados franceses en la guerra.

 

La Basílica de Saint Denis fue la única que lo veía venir. Ya había visto al Real Madrid ganar una Copa de Europa en un estadio con su mismo nombre y era consciente de lo que es capaz el Real cuando dejan de sonar los acordes del himno de la Champions y el balón echa a rodar. Al distrito de La Defensa parisino hicieron honor Nacho, Varane y Sergio Ramos, que se hicieron grandes como sus rascacielos y duros como su cemento. Kroos fue el Panteón, divisando desde su posición el mejor pase hacia adelante, a veces sencillo como la arquitectura gótica, a veces majestuoso, como la griega. Casemiro se convirtió en cualquiera de los puentes de París. El de Alejandro III cuando cabalgaba como sus caballos alados; el Pont de l’Alma cuando había que achicar aguas y el Puente Nuevo, cuando había que cruzar el campo de extremo a extremo para tapar cualquier hueco. A la Iglesia de Sainte Chapelle se encomendó Keylor Navas, como buen creyente, para agradecer a Dios sus paradas salvadoras. Y, como si estuviera en Disneyland, Lucas Vázquez salió a divertirse.

 

París entero vio cómo Madrid era capaz de albergar en un campo de fútbol tanta majestuosidad como su ciudad entera. El Arco del Triunfo agachó sus vistas para rendirse a la victoria del Real Madrid y el Sena se ahogó en sus aguas viendo naufragar al equipo de su ciudad.  Como no podía ser de otra manera, el día de los enamorados terminó homenajeando a la más bella historia de amor de todos los tiempos: la que mantienen el Real Madrid y la Copa de Europa.

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