Que el madridismo es algo con lo que se nace ha quedado de manifiesto con aquella niña que celebró un gol de Cristiano Ronaldo en Dortmund imitando al luso cada vez que éste marca. Una imagen que dio prácticamente la vuelta al mundo, convirtiéndose en viral. Un estallido de alegría, la felicidad y el orgullo en la cara de aquella niña con la que todos los madridistas nos identificamos.

En Wembley pudimos ver la otra cara. Porque el fútbol tiene estas cosas, que a veces se gana y a veces se pierde. Y el Madrid no es ajeno a esta última, aunque últimamente se haya dado en pocas ocasiones. Los ingleses le dieron un repaso a los de Zidane y las cámaras de televisión nos mostraron a una niña que lloraba en las gradas de la mano de su padre, que trataba en vano de consolar la. Una niña que seguramente llevaba semanas soñando con asistir al partido, que seguramente había estado descontando días y horas para ver a sus ídolos de cerca. Se terminó llevando un disgusto. Me apenaron tremendamente sus lágrimas.

 

Si la tuviera delante, o por si por alguna casualidad del destino pudiera leerme, le diría que hice de su pena también la mía, que la habría abrazado en ese momento como sólo un madridista puede abrazar a otro, con la conciencia de saber y entender ese sentimiento. Le diría que ser del Madrid es llorar más veces de felicidad que de tristeza, que siempre hay que esperar a la primavera y que su equipo jamás se dará por vencido. Si pudiera hablarle le diría que es ahora cuando más madridista hay que sentirse, que al equipo hay que arroparlo más en las malas que en las buenas. Pero eso seguro que ella ya lo sabe, porque alguien que no lo sepa no habría llorado de esa manera. Debe saber que no está sola, que somos millones los que nos sentimos igual que ella, los que pudimos reconocernos en su dolor, que nosotros también nos metimos en la cama cabreados y amanecimos cabizbajo esta mañana, aunque viniéndonos arriba de nuevo con el transcurrir de las horas.

 

Quién sabe si en el mes de mayo, la niña de Dortmund y la niña de Wembley sonrían cada una desde un lugar diferente del mundo, unidas por su latir madridista, viendo a su equipo camino de la diosa Cibeles. Y esas lágrimas, las del uno de noviembre, quizás recorran sus mejillas de nuevo, pero vertidas sobre la más pura felicidad. Que nadie diga que es sólo fútbol. No lo es. Es mucho más que eso. No se llora de tristeza o felicidad por el fútbol, se llora por un escudo, por un color, por una historia, por un club.

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