Llovía sobre Madrid el sábado y hacía un frío que cortaba como una navaja, como dice Ismael Serrano en una de sus canciones. Se entremezclaban los idiomas en los aledaños del Bernabéu. Madridistas hablando en inglés, en alemán, en italiano, diferentes acentos de distintos lugares de Sudamérica. Gente de cualquier lugar del mundo latiendo un mismo sentimiento: el madridismo. La gente se agolpaba bajo el cemento del coliseo blanco, intentando resguardarse de la lluvia, a la espera de la apertura de puertas. Pero hasta las tres, nada.

 

Una vez dentro, foto en el templo. La emoción de la primera vez, donde los sueños se hacen realidad, donde cada escalón que subes te golpea el corazón, el verde reluciente del césped. Más aún con la lluvia. Un padre, ya en sus localidades, arropaba a sus dos hijos con una manta. Unas filas más abajo, otro niño de unos cuatro años, perfectamente ataviado con los colores del Real Madrid, cogía el móvil que previamente le había dado su padre y hablaba así: “¡Abuelo, que estoy en el Bernabéu! ¡Vamos a ganar!”. Sale el equipo a calentar y los niños se rompen las manos aplaudiendo, comentándolo todo con su padre, con su hermano. Cada segundo es algo que no olvidarán nunca.

Corría ya el minuto dos de partido cuando los más rezagados se acercaban a su localidad, bien provistos de pipas. Llegué a contar seis bolsas dentro de una bolsa de plástico. Durante el transcurso del encuentro, una fila por encima de la mía, dos señores que pasaban sobradamente los sesenta años hablaban entre sí en estos términos: “¡Qué asco le tengo a Isco!”. O sobre Asensio: “¡Ahí va el niñato! Que le han dicho que es bueno y se lo ha creído”. Sin comentarios. No hace falta escuchar la Cope, ni leer el As o ver Deportes Cuatro para oír lindezas de este tipo acerca del Real Madrid. Basta con ir al Bernabéu y considerarte madridista.

 

Lo que pasó a lo largo de los noventa minutos no hay ningún madridista que no lo haya visto. Lo que sentimos a lo largo de los noventa minutos no hay ningún madridista a quien no le haya dolido. Otra vez más de lo mismo, más de lo de siempre desde septiembre.

Cuando los jugadores del Villarreal celebraban el triunfo con su afición ya no llovía y el madridismo enfilaba su puerta de salida correspondiente con la rabia y la tristeza que supone siempre una derrota. Algunos no, algunos parecen disfrutar con todo esto porque es que ellos ya lo sabían. Pero los niños no lo sabían. Ese niño que llamaba a su abuelo diciéndole que estaba en el Bernabéu y que íbamos a ganar no sabía que íbamos a perder. Ese niño no sabe que dentro del madridismo hay madridistas dañinos que inflan su pecho porque saben más que nadie, porque critican al equipo, porque insultan a los jugadores. Como si la autocrítica en una cuenta de Twitter fuese a arreglar la situación, como si insultar a un jugador hiciera que el próximo partido marque un hat-trick.

 

Yo soy madridista. Desde siempre. Nunca ha sido para mí una moda ni he estado más o menos presente dependiendo de cómo vaya el equipo. Yo era pequeña y lloré en mi casa escondida detrás del sofá con las Ligas de Tenerife, estrenando Canal+ y dolor por ese escudo. No hice autocrítica. Solamente lloré. No me salía otra cosa. A partir de ese momento, fui consciente de que ser madridista no era solamente querer que el Real Madrid gane, sino que es algo que forma parte de ti, un amor intangible, algo más fuerte que tú, superior a ti, tan incontrolable que se te escapa de las manos. Era algo que estaba sintiendo. No se trataba de haber perdido un partido de fútbol. Se trataba de mi equipo. Y aquello me dolía.

 

No vi llorar al niño que llamó a su abuelo. Era, seguramente, un par de años más pequeño que yo cuando lo de Tenerife y la trascendencia del encuentro tampoco era la misma. Suficiente para no ser consciente aún del dolor por un amor intangible. Pero la ilusión que no se la quiten, la pasión que no se la arrebaten. Volverá a ir al Bernabéu, llamará a su abuelo otra vez y, cuando le diga que vamos a ganar, ganaremos. Eso es el Real Madrid y el madridismo. Uno resurgiendo de sus cenizas y otros estando ahí hasta el final. Sin dar vergüenza ninguno de los dos. Ni el equipo arrastrándose por el campo, mostrando signos de desidia y dejadez; ni la afición lanzando improperios y haciendo gala de ser adivinos. La autocrítica de barra de bar no le alivia a nadie el dolor ni gana partidos.

 

Toca aguantar el chaparrón. Como tantas otras veces. Sólo los jugadores son capaces de sacar esto adelante. No se ha ganado ninguna Copa de Europa gracias a una cuenta de Twitter, pero sí se ha empujado al equipo hacia sus objetivos con aliento. Todavía hay mucho que ganar. Y no es que yo lo sepa, es que a mí la ilusión no me la quita nadie.

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