Como si hubiera que remontar, como si no hubiera un mañana, como si fuera el último partido de sus vidas, como si se tratara ya de la propia final, como si de ellos dependiera la salvación de la humanidad, retroalimentándose la afición y el equipo, con una carga acústica que intimide a toda Europa. Saliendo en tromba pero con paciencia, comiéndose al rival, pero sin ansiedad, muriendo en el campo para darnos la vida.

 

Generando un clima especial para volver a vivir una noche mágica en el Bernabéu, convencidos de que se puede, pero no confiados. Dejándose la piel en cada carrera, luchando por cada balón como si fuera el sustento de ese día, intimidando a cada jugador rival con sólo una mirada, desafiándolos, desquiciándolos, haciéndoles saber que esa es tu casa, esa es tu competición y esto es el Real Madrid y aquí lo único que vale es volver a estar en la cima de Europa.

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Con orgullo y con honor, con trabajo y sacrificio, con sudor y prepotencia, que las diez Copas de Europa que luce la manga de nuestra camiseta no dan para discursos de humildad. Somos los reyes del viejo continente y una primavera más nos hemos colocado en la antesala de una final, la de la gloria, la que empaña los ojos y arranca a madridistas de todo el planeta de sus quehaceres para envolverse en un grito unánime: ¡¡¡Madrid, Madrid, hala Madrid y nada más!!!

 

Nosotros pondremos el corazón, los jugadores que pongan la cabeza. Esta vez no hay que recurrir a la épica, se trata únicamente de ganar, algo que el Real Madrid lleva haciendo desde 1902. No parar de ganar. No se trata de lograr una gesta, sólo ganar y ganar y ganar. Nada importa esta semana, sólo existe un partido de fútbol, sólo nos cabe la emoción de imaginarnos en otra final de la Copa de Europa.

 

Con un Bernabéu enfurecido, gritando en cada jugada, dejándose el alma y la garganta alentando al equipo, contagiándolo de pasión. Que esos ingleses sepan que Chamartín no regala nada, que cada minuto cuenta y cada balón puede ser el que nos acerque a la Undécima, que no hemos llegado hasta aquí para dejar en manos de otros nuestra Copa de Europa, que queremos estar en Milán por encima de cualquier otra cosa y vamos a llegar hasta allí porque el Madrid nació para eso, para que el mundo entero lo mire y admire en una nueva batalla continental.

 

Otro mes de mayo muriendo de amor por un escudo, por una camiseta que lucimos altivos y orgullosos, tarareando nuestro himno mentalmente en cada cosa que hacemos, en cada paso que damos, en cada sitio que estamos. Otra vez ante una oportunidad histórica, con la suerte de poder verlo, de poder vivir estos días, tratando de calmar nervios. Esta es la vida de un madridista, una sucesión de meses, semanas y días hasta que nos encontramos con un partido que nos dé la oportunidad de volver a ser lo que hemos sido más veces que nadie en el mundo: campeones de Europa.

De septiembre a mayo hemos ido tumbando rivales, goleándolos, remontando, dejando la portería a cero en innumerables ocasiones. Que el camino recorrido no haya sido en vano. Milán se ve desde el Bernabéu, desde el último asiento del cuarto anfiteatro y desde el césped, comenzando por Concha Espina, pasando por el vestuario y finalizando en el terreno de juego y la grada. Que lo den todo, como si hubiera que remontar. Que suden toda su fiebre, como si no hubiera un mañana. Que luchen defendiendo su honor, como si fuera el último partido de sus vidas. Que cada minuto sea el minuto 93, como si se tratara ya de la propia final. Que tengan que levantarlos del césped al final, como si de ellos dependiera la salvación de la humanidad. Se trata de la Undécima. Se trata de ganar.

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