A estas alturas, todos sabemos que en Cataluña son muy dados a fantasear. De hecho, se han inventado un país. Así, y para seguir con la tradición, a finales de enero soñaban con la posibilidad de que el Real Madrid les hiciera un pasillo cuando hubiera que rendirles visita en su estadio. Un tiempo después, cuando la mano de uno de sus ex jugadores los emparejó con el Atlético de Madrid para los cuartos de final de la Copa de Europa, se sacaron de la manga las bolas calientes. Y por no perder la costumbre, se habían pasado toda la semana haciendo gala de una prepotencia que les ha caído encima con todo su peso. Nos iban a golear. Tal era el partidazo que se marcarían que dejarían al Real Madrid noqueado, tocado y hundido para lo que queda de temporada. Los aficionados culés acudieron en masa al Campo Nuevo con aires de fiesta y grandeza, tan líderes y tan invictos, con ese juego coral que siempre reseña Carlos Martínez en sus retransmisiones, con un tridente al que ninguna defensa se le resiste y con muchas ganas de dedicarle una goleada de escándalo al recientemente fallecido Johan Cruyff, que en paz descanse.

 

 

El sábado por la tarde yo estaba de boda. Se casaba una de mis mejores amigas y abandoné la celebración para ir hasta casa a ver el partido, con la promesa de volver si el Real Madrid salía victorioso de Barcelona. En el coche, mientras conducía hasta mi casa, pensé en los jugadores. Los vi reuniéndose a solas, no en una cena de conjura, sino en el vestuario. Los veía diciéndose a la cara lo que nunca antes se habían dicho, jurar en arameo, conformarse como equipo y saltar al césped convencidos de que solamente ellos podían sacar aquello adelante, arrancar un triunfo valioso para la moral del club y el aficionado y fortalecerse en cuerpo y alma de cara a la Undécima. Los vi así, por qué no, y yo también me convencí.

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Antes de que el trencilla de turno diera inicio con su pitido al partido del siglo de cada año, se guardó un minuto de silencio en memoria de Cruyff, que unos energúmenos, haciendo gala de los valores que promulga el Barcelona, interrumpieron con insultos gratuitos a Cristiano Ronaldo. Unos insultos que seguro Tebas pasará por alto, como si nunca hubieran tenido lugar. El balón rodaba sólo entre las botas de los azulgranas y, si alguna vez el Real Madrid osaba robar el esférico, se señalaba falta, aunque no lo fuera. Las primeras tarjetas amarillas fueron para el equipo blanco, no podía ser de otra manera. Luis Suárez debió ser expulsado, pero todos sabíamos, días antes incluso, que el jugador que terminaría en la caseta antes de tiempo sería Sergio Ramos. Entre tanto, Keylor Navas volvía a volar y estirarse, dejando muestras una vez más del porterazo que es, hasta que Piqué se quedó solo en un córner que nunca debería haberse lanzado si el árbitro hubiese señalado una falta previa de Messi a Pepe. Marcó Gerardo, lo celebró con la rabia de su antimadridismo y volvió a ocupar su posición en el campo pensando en el tuit que escribiría cuando terminase el encuentro. Pero empató Benzema, que andaba detrás de él. Y a Bale se le ocurrió poner el 1-2 en el marcador, pero Alba se dejó caer, gritando incluso, y claro, había que anularlo. El Madrid había empezado a jugar y Cristiano se encontró con el larguero. Aquello no pintaba nada bien, el tiempo corría y aún faltaba el penalti a favor del Barcelona o el gol en fuera de juego, cualquiera de las dos opciones les vale cuando el marcador está apretado. La grada estaba enfurecida; una grada que se atrevió a sacar pañuelos reclamando una pena máxima a Messi que nunca existió. Les debería dar vergüenza. Ellos, que llevan años y años levantando títulos a base de escándalos arbitrales en España y en Europa, poblando su estadio de pañuelos. Agonizaba el partido y la inquietud se apoderaba de nosotros. Nos habían quitado el segundo gol porque sí, era injusto el empate. Eso pensó Carvajal, que llegó hasta la frontal del área para dársela a Bale y que éste asistiera a Cristiano, que se quitó de encima a Alves con un control orientado con el pecho y la coló entre las piernas de un Bravo que no quiso ni mirar. El balón entró en la portería justo al lado de Piqué, arrancando de su imaginación cualquier tuit “graciosillo”. Justicia divina. El siete del Real Madrid lo celebró como acostumbra en Barcelona, diciendo que ahí estaba él de nuevo, que no marca en ningún partido importante, y volviendo a pedir calma a un estadio que quedó mudo de goleada. Así gana el Madrid, contra todo y contra todos. Contra el eterno rival, contra el árbitro y sus asistentes e incluso contra alguno de sus propios jugadores, que han convertido en tradición dejar a su equipo con diez.

 

 

La victoria en Barcelona fue un regalo. Los madridistas nos lo merecíamos por todo el bochorno que está siendo esta temporada. Ahora somos otros. Un partido, un único partido, te cambia la vida. Despojados de amargura, desconsuelo y depresión, los madridistas afrontamos el tramo final de esta campaña ilusionados y fortalecidos. Los jugadores deben saber y entender que merece la pena todo esfuerzo, que la individualidad debe estar al servicio del colectivo y que un equipo unido puede ser derrotado, pero nunca humillado. Salieron como héroes de la Ciudad Condal, recibidos con vítores en el aeropuerto, en territorio hostil, allí donde habita un numeroso puñado de madridistas a los que admiro. El madridismo ha despertado, el equipo nos ha hecho despertar. Sólo ellos pueden volver a frenar nuestro entusiasmo. Si el Real Madrid vuelve, nosotros regresamos de nuestro letargo con ellos, poniendo otra vez nuestra voz y nuestras manos al servicio del equipo, alineando planetas, ambicionando la Copa de Europa.

 

 

Regresé a la boda sometida a las reglas del corazón, más feliz que la propia novia, más de blanco que ella, con la sonrisa recorriéndome el cuerpo entero y los nervios aún visibles en un ligero temblor de las manos. Aquello también era amor y todo lo que ello implica, pasión, vínculo y compromiso. No concibo otra forma de ser madridista, otra manera de llevar al Real Madrid en la vida de cada uno. Una nace madridista y va creciendo cumpliendo temporadas, intentando ser digna en la derrota y sabiendo después de partidos como el de anoche lo feliz que un equipo de fútbol te puede llegar a hacer, la felicidad y el orgullo de ser madridista, de ser del Real Madrid. No me imagino otra manera de estar en el mundo.

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