La imagen se repite, a buen seguro, en tantos hogares madridistas que sería difícil cuantificarlos: ahí se encuentra él (o ella), desempolvando de un viejo arcón la ropa de verano cuando, de repente, encuentra enclaustrado en un rincón un souvenir cualquiera con la imagen, el número o el nombre de Iker Casillas. Compungido, el chaval lo mira de reojo y con recelo, sin atreverse todavía a tirarlo pero tampoco a sacarlo de allí. Es la historia, la triste historia de cómo todo un mito del panorama reciente del Real Madrid se marcha del club por la puerta de atrás y con los vítores de alegría de miles de los que un día fueron sus más incondicionales defensores.

Siempre digo que el momento que marcó el declive del portero fue la parada a Robben en el Mundial de Sudáfrica de 2010. Otras versiones apuntan a que el bajón comenzó después, concretamente una hora más tarde cuando, ya con la Copa del Mundo levantada al cielo de Johannesburgo, el capitán besó ante millones de personas a la periodista que hoy es la madre de su hijo. Quién sabe.

Lo que sí es indudable es que, hasta ese día, Casillas había sido de los tres mejores guardametas del planeta en no menos de cinco o seis de las últimas temporadas y, a mi entender, estuvo en lo más alto del pódium en al menos dos de ellas. Yo siempre recordaré la Liga de Capello que ganaron entre él y Van Nistelrooy así como la de Schuster, donde consiguió levantar el único Zamora de su carrera. Ahí fue decisivo, entonces sí fue el mejor.

Iker vivió de su don, de esa fabulosa capacidad de reacción que lo hacía volar donde otros no llegaban y sacar balones que cualquier otro veía entrar en la red. Exprimió sus virtudes pero, por desgracia, jamás trabajó para mejorar sus puntos débiles que, por otro lado, siempre fueron los mismos: el juego con los pies y los balones por alto.

Aquel pie milagroso de 2010 fue el último destello de luz de una estrella que parecía que jamás se apagaría. Todavía en la primera temporada de Mourinho en el Madrid, la solidez defensiva del conjunto le permitió realizar un buen papel en el cómputo global del año. Pero fue a partir de la segunda, sobre todo en algún partido de vital importancia, cuando se comenzó a ver con claridad que la magia se estaba empezando a escapar de unos guantes que hasta entonces lo detenían todo.

Mourinho lo castigó merecidamente por su bajo rendimiento un año después y ahí Iker tomó la decisión que a la postre sería el detonante de una guerra civil con su propia afición: era más fácil echar al entrenador que le exigía trabajar más que luchar por volverse a ganar su favor.

Ahí comenzó una guerra sucia en la que se insultó, vilipendió, amenazó y finalmente se ajustició al portugués (Nota: una guerra que con cualquier otro entrenador habría durado pocos días y que con Mou todavía sigue en pie, de ahí se desprende la grandeza de éste). “Mourinho tenía razón” debería ser ya una frase hecha que la RAE debería añadir al diccionario, porque siempre (o casi) la tiene. Advirtió que el bajón del portero era inminente y así fue. Se demostró con creces en la primera temporada de Ancelotti donde a punto estuvo de perder la final de Lisboa y se ha ido reiterando en cada uno de los partidos que ha ido disputando en esta. Iker Casillas ya no es el mejor portero del mundo porque difícilmente se encuentra entre los diez mejores de la Liga.

Sin embargo, el declive deportivo no ha sido, en absoluto, el culpable de la enemistad de la afición con su capitán. Ahí está el caso de Raúl que, con un rendimiento parecido en el terreno de juego, sigue siendo querido por la afición casi media década después de haberse marchado. Y es que a Casillas se le habría perdonado todo por todo o que dio en su día, pero tomo tantas malas decisiones que llegó un día en que no se le pudo perdonar nada más.

Desde la llamada a Xavi hasta las odiosas filtraciones, eligiendo mal a sus amigos y peor a sus enemigos, dejándose aconsejar por los peores consejeros posibles, alegando talento innato cuando se le pedía esfuerzo diario e incluso escondiéndose en los momentos en que más hacía falta que diera la cara. Uno de los mejores porteros que yo he visto y, sin duda, el peor capitán.

Ahora Casillas se marcha y yo prefiero quedarme con el recuerdo de cuando lucía con orgullo esa camiseta que un día tuve que esconder en el arcón. Prefiero recordar al Iker con el que vibraba al que me hizo llorar. Se va un símbolo de oro que un día tiraron a la hoguera y acabó manchado de hollín, se retira una leyenda empequeñecida por sus actos y sus comentarios. Ojalá la vida le dé la posibilidad a Iker Casillas de resarcirse con la afición del Real Madrid. Ojalá en algún momento podamos ver que, bajo esa primera capa negra, sigue reluciendo todavía el mito de oro que una vez fue.

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