Yo no soy del Rayo Vallecano ni me gusta Paco Jémez, por lo tanto me daría vergüenza sacar pecho por haber jugado bien o disponer de una posesión del balón estéril y que mi equipo se vaya a casa con cinco goles o más encajados. Yo no soy Santiago Segurola ni vivo de la demagogia barata al hablar del fútbol de toque. Tampoco soy Del Bosque, Dios me libre, y no doy lecciones morales al mismo tiempo que me enveneno mordiéndome mi propia lengua. Ando también bien lejos de Jorge Valdano y su poesía balompédica. Lo único que importa al final de un partido es el resultado, si has ganado o has perdido. Nadie termina acordándose de qué manera se levanta un título, pero sí de quién fue el campeón.

 
Digo esto a propósito del esperpéntico partido que realizó el Real Madrid ante el PSG. Fue soporífero, casi como escuchar hablar a Manu Sarabia a la hora de la siesta. Lo único que me mantenía en vilo era lo corto del marcador, ese gol que Nacho se encontró sin querer y que el Real Madrid guardó y conservó hasta el final del encuentro, haciéndolo bueno para ganar el partido, mantenerse como primeros de grupo y estar ya clasificados para octavos de la Champions League a falta de dos partidos. Y eso, nada más y nada menos, es lo único que me importa a mí como madridista.

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Por supuesto que prefiero que el Real Madrid gane haciendo un fútbol vistoso, práctico y plástico. Evidentemente me gusta ver a los jugadores de mi equipo deleitar a todo el continente manejando la pelota como los magos del balón que son. Pero no siempre surge la magia. A veces toca sufrir y nadar durante los noventa minutos para guardar los puntos. El PSG le dio un baño al mejor equipo del mundo. Eso es incuestionable. Pero me juego la Undécima a que los aficionados del equipo parisino hubieran preferido que su equipo jugara mal a cambio de haberse llevado la victoria.

 
Para los puretas de este deporte, para los rancios del fútbol, para los casposos el buen juego y la posesión. Para mí, la victoria. Siempre la victoria. Si no fuese por Real Madrid TV juraría que el Madrid perdió ante el equipo de Blanc. Son las ganas que nos tienen. Invictos en el campeonato doméstico e invictos en el viejo continente, con el aliciente de ser también los únicos que mantenemos la portería a cero. No sé en qué momento se les pasó por la cabeza a los jugadores del PSG que podrían marcarle un gol a Keylor Navas.

 
Yo me levanté esta mañana aún incrédula por la victoria. Hay que reconocer que fue un tanto milagrosa. Todo lo que no entró en los partidos ante el Sporting de Gijón y el Málaga se materializó en la noche del martes. También me costaba creer que Simeone no hablara de presupuestos después de que su equipo empatara a cero en casa del todopoderoso Astana y, por supuesto, contenta por una nueva derrota del Sevilla que está comprobando que la Copa de Europa es cosa de adultos, que los juegos infantiles y los rivales a los que no conocen ni en su casa a la hora de comer sólo tienen cabida en esa cosa llamada Europa League que algunos celebran como un Mundial cuando la ganan. Creo que guardaron todas sus fuerzas para intentar ganarle al Real Madrid el domingo. En los últimos años, en Sevilla ha crecido el antimadridismo más que la tribu urbana de los canis. Y eso es mucho. Pero lo entiendo, al fin y al cabo ganarle al Madrid, para todos los equipos del mundo, es como si ganaran la Champions.

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