No voy a olvidar nunca la humillación al Bayern de Guardiola en Múnich, en su propio campo. Allí donde tanto nos costaba ganar siempre. ¡Dios, cómo corríamos! ¡Éramos atletas dejando en la calle a un enemigo histórico que tenía en el banquillo a un antimadridista profesional! Fue tan hermoso…nos plantamos en una final de la Copa de Europa tantos años después. En Lisboa nos esperaba el Atlético de Madrid de un Cholo enfermizo. Me cuesta mucho escribir sobre aquel día sin emocionarme. Qué mal lo pasamos. El Atleti ganándonos una Copa de Europa. Aquello no podía ser verdad, no podía estar pasando. Y no pasó porque esa Décima tan ansiada quería estar con sus nueve hermanas en el Bernabéu. Bendito minuto 93. No existe ni un madridista en el mundo que no se volviera loco después de ver dentro de la portería el cabezazo de Sergio Ramos. Gritamos, lloramos, nos abrazamos y hubo una prórroga en la que ya sabíamos que ganábamos. Jamás lo voy a olvidar. Esos atléticos que ya celebraban su primera Copa de Europa llorando, ese Simeone buscando a Varane con su rabia de mal perdedor, ese Cerezo hundido y ese Florentino celebrando en el palco, olvidando cualquier protocolo. Fue de locos. Fue la Décima.

El año 2015 pasó sin pena ni gloria, pero hay que reseñar que dejamos nuevamente sin sueño europeo al Atleti, eliminándolos en cuartos de final con aquel postrero gol de Chicharito. ¿Tú lo vas a olvidar? Yo no.

Como tampoco voy a olvidar jamás Milán. Otra vez contra los rojiblancos. Otra vez un partido igualado, otra prórroga y a sufrir en los penaltis. Siempre recordaré a Lucas Vázquez jugando con la pelota mientras alcanzaba el punto de penalti. Siempre recordaré la rabia de Marcelo celebrando su gol. Siempre recordaré a Bale roto, pero acercándonos con su penalti a otra Champions. Siempre recordaré a Sergio Ramos anotando, a Keylor de rodilla rezando y, lo mejor de todo, a Juanfran fallando. Qué risas nos hemos echado con ese penalti. Pero todavía teníamos que marcar nosotros. Le tocaba a Cristiano. El equipo haciendo piña en el centro del campo y en el banquillo, con un Pepe al borde de las lágrimas. Y Cristiano gol, claro, como siempre. Y la euforia. Otra Copa de Europa ganada al Atleti. Otra vez esa gente llorando y nosotros también, pero de felicidad. Fue la Undécima. La primera de Zidane, que no le ganó jamás a La Roda.

 

No voy a olvidar nunca Cardiff. La tierra de Bale. Allí nos plantamos después de eliminar otra vez al Atleti con una obra de arte de Benzema en el Calderón. Así le echamos el cierre a ese estadio, echando a los rojiblancos de Europa. Llovía mucho aquel día. Eran lágrimas de indio. En Gales nos esperaba la Juventus con ganas de revancha por la final de 1998. Y qué baño les dimos. Magistral Cristiano Ronaldo con un doblete. Pero para mí, el partido lo sostuvo en los minutos iniciales Keylor Navas con grandes paradas. Llegamos vivos a la segunda parte y ahí sólo existió el Madrid y su fútbol excelso. Una de las finales más tranquilas en cuanto a nervios. La segunda Champions consecutiva. Fue la Duodécima.

Un año después nos plantamos en Kiev e hicimos lo que no fue capaz de hacer la temporada anterior la Juventus con nosotros, vengarnos de una final perdida, la de 1981. Fue la Copa de Europa de las chilenas, la de Cristiano en Turín y la de Bale en Kiev, y la Copa de Europa de las conmociones cerebrales, la del portero del Liverpool y la del antimadridismo, que no se podía creer que fuésemos campeones otra vez. Fue la Decimotercera.

 

Ahora que todo acabó, que no vamos a tener primavera, es el momento de echar la vista atrás y recordar con una sonrisa los más de mil días como campeones de Europa porque quién sabe cuándo volveremos a vivir algo así, quién sabe cuánto tardaremos en celebrar la Decimocuarta. Con rabia y con dolor por la eliminación ante el Ajax, sólo puedo tener palabras de agradecimiento a nuestros jugadores por lo inmensamente feliz que me hicieron, por tanto sentimiento, por cambiarme la vida cada vez que había partido.

 

Gracias por tanto, Real Madrid. Por hacerme vibrar, por hacerme soñar, por hacerme tan feliz, por sentir orgullo de ti. Gracias también por el dolor y la tristeza, que forma parte del sentimiento. Estamos hundidos, pero orgullosos de lo vivido. Fue verdad, no lo soñé. Ahora que toca secarse unas lágrimas que después de mucho tiempo no son de felicidad, siento que he tenido mucha suerte por sentir el escudo del Madrid como parte de mi vida y haber nacido madridista. Amo al club de una manera irracional y eso no va a cambiar nunca. Mucho menos en la derrota, donde mi amor se acrecienta. Este sentimiento ni se transforma ni cambia. Está dentro de mí. Ahora toca dolerse, levantarse y renovar la ilusión. En la vida sólo hay dos cosas seguras: la muerte y que el Real Madrid siempre vuelve.

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