Cuando Keylor Navas detuvo el penalti el sábado en el Vicente Calderón, levantó su brazo al cielo y todos pudimos leer en sus labios cómo gritaba: “Gracias a Dios!!! Gracias a Dios!!!”. Y así me levanté yo esta mañana. A pesar de ser lunes, pegué un salto de la cama, levanté el brazo y clamé: “Gracias a Keylor!!! Gracias a Keylor!!!”. Porque para mí, Keylor Navas es Dios.

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Después de mi madre, el portero titular del Real Madrid es la persona que más confianza me da en el mundo. Tanta, que hasta le confiaría todos mis ahorros, sabedora de que con el tico iban a estar seguros. Keylor Navas es la seguridad y la tranquilidad de la que tantos años ha adolecido el mejor club del mundo, que por unas cosas y por otras, mantenía bajo palos, siempre bajo palos, a un Iker Casillas que estaba más para la filtración que para defender la meta del equipo blanco. Y así nos fue mermando y desquiciando cada vez más.

En sus declaraciones, Keylor Navas apostilla que los penaltis se paran con ayuda divina, con trabajo y con estudio. Nada de talento innato, algo que seguro que también tiene el internacional costarricense. Trabajo y estudio. Y, a continuación, agradece a su Dios el poder estar jugando en el Real Madrid. Tan feliz él. Tan feliz yo. Aquel fax que llegó tarde o lo que fuera que pasase, fue una bendición. Las cosas no ocurren por casualidad.

Como bien dice Jesús Alcaide en Real Madrid TV, Keylor Navas no es sólo un portero, es la Muralla China. Se agiganta en la portería, vuela de un palo a otro, rebaña balones de los pies de los delanteros rivales, dejándolos con el molde, con la miel en los labios, con las ganas y la desesperación. Respiramos con él. Se estira como una goma y sale victorioso en la suerte de los once metros. Nos oxigena. Rindo pleitesía al tico. Compite como un león y cierra casi todos los partidos con su portería a cero. Guarda las llaves de su meta en la taquilla y hasta el próximo partido. Hay confeti en mi casa con cada atajada de Keylor Navas.

Cuando juega el Real Madrid y el tico salta al césped con el número que es en Europa, el uno, es día de exaltación nacional en Costa Rica. Allí ya son enteramente madridistas. Disfrutan del mejor club del mundo y del mejor guardameta que parió su tierra, sintiéndose partícipes de las victorias blancas por obra y gracia de su ídolo nacional.

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He aprendido a celebrar las paradas de Keylor Navas como siempre he celebrado los goles. Ahora disfruto en las dos porterías. La que defendemos y la que atacamos. Y se me va la vida por la garganta cuando Navas para, salgo de mi cuerpo y libero el amor por el Real Madrid. Esta temporada siento la misma euforia, la misma pasión, la misma felicidad cuando los de arriba marcan y cuando Keylor Navas nos deleita con sus paradones.

No hay nada más trágico que ver cómo al Real Madrid le marcan un gol y eso es algo que esta temporada sólo ha pasado dos veces gracias a las paradas salvadoras de Keylor Navas, gracias a Dios, que es lo mismo. Después de unos años en los que la portería del Madrid fue el horror volvemos a disfrutar de un guardameta a la altura de lo que debe ser el club. Esta temporada la portería es el éxtasis, puro placer, pura vida.

Cuando el Real Madrid pierde un partido nunca lo gana el equipo contrario, sino que lo pierde el Real. Creo que Keylor Navas tiene esta máxima grabada a fuego en sus guantes y está poniendo todo su esfuerzo y su trabajo en intentar que el Real Madrid no pierda. Y lleva con él en cada parada una legión de madridistas, de fieles, que cada día se suman en mayor número a la fiesta del costarricense. Incluso cuando injustamente pasó una temporada en el ostracismo del banquillo, creíamos en él. Yo no me sumo al carro de Keylor ahora, yo ya era de Navas.

Esta mañana me levanté y le di las gracias al Dios Navas. Me encomiendo a él, a sus oraciones y a su trabajo. Tan segura me hace sentir que sé que esta noche me apagará la luz antes de dormir.

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