Jugar en Barcelona es siempre un asco y ganar allí supone un esfuerzo supremo. Se trata siempre de un combate cuerpo a cuerpo, pero todos sabemos que en el Campo Nuevo las fuerzas nunca están igualadas.

A esa gente no se le puede ganar solamente con fútbol, también hay que hacer acopio de artimañas varias. A ellos, en lo más duro del combate, siempre se les aparece Dios y la Virgen. A nosotros, en la misma situación, nos crecen los enanos. Son expertos en el arte del engaño, tan profesionales en eso de la trampa que son capaces de hacer tambalear al VAR. Y, sin duda, lo harán.

 

Ganar en Barcelona es cabalgar hacia nuestro destino. Es un partido para valientes, para hombres de raza, para todos aquellos capaces de someter la prepotencia y la arrogancia culé. Hay que ansiar derrotarlos, desearlo con todas las fuerzas y finalmente llevarlo a cabo. Expoliarlos en su propia casa, la que vestirán de banderas ficticias y de pancartas escritas con tinta de ciencia ficción, convirtiendo un partido de fútbol en una guerra contra el país entero. Si pudieran dar más asco, lo darían. Hay que darles tiempo.

 

El escudo del Madrid no puede permitirse más descalabros ni más ridículos. Se puede ser negligente, pero con inteligencia. Se puede ser indómito, pero con conciencia. Hay que demostrar desde el primer minuto que nuestra intención es hacer sangre, saber reponernos ante las adversidades y no mostrar nunca signo de debilidad o cansancio. Luego, si se puede, habrá que tratar de jugar al fútbol.

No habrá en el mundo ni un solo madridista que no esté alentando a su equipo. Desilusionados, pero con esperanza. Somos un equipo y una afición, cuando fallan las fuerzas, resiste el amor. Se perdona el daño, pero no el ridículo. Ganar en Barcelona, una obligación.

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