Los madridistas sabemos que la Liga está vista para sentencia desde que allá por el mes de agosto empezó a prepararse peligrosamente para que la ganara el Barcelona y desde que comprobamos en el Santiago Bernabéu, después de un bochornoso 0-4 a favor de los azulgranas, que los jugadores estaban a otra cosa, que el campeonato doméstico les importaba lo mismo que nada y que los árbitros, por si acaso, no iban a poner de su parte por si el Real Madrid osaba recortarle puntos al eterno rival.

Estrenamos el mes de abril sin nada que celebrar, con una vergonzosa eliminación en Copa y lejos, muy lejos, de poder soñar con la Liga. No le hemos ganado a nadie esta temporada y los derbis, salvando la final en Lisboa y los cuartos de la Champions, se siguen contando por derrotas o empates. De esta guisa nos presentamos en Barcelona, donde el periodismo culé y sus aficionados se relamen pensando en otra goleada que nos dé la estocada definitiva, no ya en Liga, donde está todo servido, sino de cara a la Champions, donde una derrota dolorosa puede afectar a la moral de los nuestros.

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Los madridistas queremos un regalo en forma de victoria, algo que nos remueva las entrañas, que nos haga creer y confiar, que veamos que tienen sangre en las venas y que no se visten con la camiseta del Real Madrid únicamente para dejar pasar los noventa minutos reglamentarios de cada partido, sino que sienten el escudo debajo del cual les late el corazón. Estamos hartos esta temporada de deprimirnos hasta la tristeza un fin de semana sí y otro no, somos madridistas sentimentales, nunca de ocasión. Una se lleva todas las noches su madridismo a la cama y se vuelve a levantar con él, intacto, a estreno, aunque el día anterior nos hayan roto por dentro. No es una afición, es una pasión, un amor por encima de todo.

Ganarle al Barcelona no es cualquier cosa, de la misma forma que no lo es perder, aunque las circunstancias clasificatorias de esta temporada hagan que el llamado Clásico tenga un sabor algo más descafeinado que de costumbre. Nuestra locura no se detiene en el nombre propio de un jugador, no somos de Keylor Navas, ni de Sergio Ramos, ni de Cristiano Ronaldo, aunque hubo un tiempo en el que algunos anteponían a un portero que teníamos por encima del club. Somos del Real Madrid a tiempo completo y con todo el cuerpo, sin individualidades. El Real Madrid es nuestro equipo y sus jugadores son nuestros guerreros, los que van a ir a Barcelona a tratar de ganar una batalla moral que sirva para coger impulso para lo que resta de temporada.

Como si nos hubieran dado motivos para ello, volvemos a creer en los jugadores. Nos sacudimos del ánimo el tono gris y abandonamos nuestro letargo para llenarnos de fe e ilusión. Se acrecienta nuestro madridismo cada vez que el reloj le resta una hora al inicio del partido, se va descongelando la depresión que supone pasar dos semanas escuchando hablar de la selección española y resurgimos con la pasión escapándose de nuestras manos. Nos volvemos desenfrenados y nos despojamos de toda reflexión. No se concibe una pasión desde la quietud y la letanía.

A veces pienso, y creo que es verdad, que los aficionados nos concentramos más de cara a un partido que los propios jugadores. Mañana, desde el primer momento que abramos los ojos todavía en la cama, no pensaremos en otra cosa que no sea la batalla que tendrá lugar en el Campo Nuevo. Sostendremos el sábado con diferentes quehaceres. Yo tengo que ir de boda, se casa una de mis mejores amigas, a la que ya le he dicho que me iré a casa a ver el encuentro para volver al día más feliz de su vida una vez que el árbitro indique que la contienda ha llegado a su fin.

No queremos más vergüenzas, ni salir al día siguiente a la calle con la sensación de ridículo. Que una victoria en Barcelona sea el primer regalo de este esperpento de temporada, que luchen y corran, que estén a la altura de la camiseta que visten, que consigan que, por primera vez en muchos meses, nos sintamos orgullosos de su sudor y de su hacer, que si hay que caer, que sea con orgullo, nunca más con desidia y deshonor.

Paula Pineda.

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