Llegó con un ¡Hala Madrid! y con ¡Hala Madrid! se fue. Por el camino, una cantidad inigualable de goles y todos los títulos que un futbolista puede ganar con un club. Una enfermedad incurable, su ambición. Un amor exagerado por sí mismo. Una leyenda.
Empieza la vida sin Cristiano Ronaldo, el mejor jugador que he visto con la camiseta del Real Madrid. El duelo durará lo que tarde en llegar el próximo partido, el recuerdo será eterno. Existen los mitos, existen los dioses y luego, en una categoría superior, está él: Cristiano.
Con el paso del tiempo será más grande de lo que ya es y eso ya es mucho. Un jugador acabado al inicio de cada temporada, un hombre cuyo narcisismo le impedía mirar a quien tuviera al lado, tan egoísta que nunca celebraba los goles que no anotaba él. Por eso terminaba cada campaña con cincuenta tantos, por eso nunca arropó a un compañero del frío de la grada, por eso pedía fuera de juego en los goles de su equipo. Nueve años callando bocas, silenciando estadios, conquistando Europa.