Cuando era pequeña veía los partidos del Madrid para contar los goles que marcábamos. Luego para ver si ganábamos. Ahora los veo para comprobar si no nos roban. A veces se salvan los partidos de Champions League, no así los encuentros que tienen lugar en España. No importa la competición. Liga, Copa del Rey o Supercopa de España. El Real Madrid sufre un atraco tras otro.

Lo del Wanda Circo Romano puede que adquiera dimensiones parecidas a las del robo del Barcelona en Stamford Bridge o el que padeció el PSG en el Camp Nou. A Sergio Ramos le partieron la cara y el balón fue para el Atleti. Ni amarilla, ni roja, ni mucho menos penalti. Ya puede ver el árbitro español un hueso colgando, sangre o las tripas fuera del cuerpo, que jamás señalará penalti a favor de los blancos. Tal vez el día que un jugador quede en coma dentro del área pequeña se atreva, después de consultarlo con el juez de línea, mandar un WhatsApp a Villar y un fax a Sánchez Arminio, a indicar libre indirecto.
A Kroos casi lo dejan para que vea el Mundial por la tele, pero dejar a un rival del Madrid con diez jugadores puede significar el descenso de categoría del colegiado de turno. A Benzema le propinaron un balonazo con alevosía, pero con una advertencia verbal, que mirar hacia otro lado sería ya demasiado descarado, se puede dar el Madrid por satisfecho.
La clasificación de la Liga española es una mentira desde el momento en que la competición está claramente adulterada a favor de unos y en contra de otro, en singular. El Real Madrid no ocuparía el lugar que ocupa en la actualidad si recibiera arbitrajes decentes, si al menos un penalti de los muchos que sufre en cada partido hubiera sido pitado, si más de un rival hubiese enfilado el camino hacia el túnel de vestuarios antes del tiempo reglamentario, si más de un gol en fuera de juego que subió al marcador hubiera sido correctamente anulado.
En la actualidad, el Madrid sale a jugar contra sí mismo, contra el rival de turno y contra el trío arbitral que, con conciencia de atraco, haya sido previamente designado. Bien es cierto que el equipo atraviesa un bache que se está haciendo eterno, que a nuestros delanteros se les hace pequeña la portería y lo fallan todo, que a veces el centro del campo hace aguas y la defensa adolece de concentración; pero aún con todo eso, si un único penalti de los muchos que le hacen al Madrid en cada partido hubiera sido pitado, los de Zidane ocuparían otro lugar en la tabla.
El Atleti hizo su partido cobarde, el de siempre. Empezó con intensidad, pero el que nace lechón muere cochino y lo terminó con violencia. El Madrid no ganó porque el árbitro no lo permitió, porque no le señalaron ninguna de las penas máximas que hubo y porque el jugador rojiblanco que debió ser expulsado desbarató las más claras ocasiones de gol.
En su mediocridad, los atléticos celebraron como un título el que Juanfran le ganara una carrera a Cristiano y el empate, porque eso aleja más al Real Madrid de la Liga, sin tener en cuenta en qué les perjudica a ellos ese mismo resultado. La grandeza del Madrid será levantarse y seguir luchando por sumar un número más al treinta y tres y al doce, porque no se manda en la capital, en España y en Europa a base de cantar más alto que nadie, sino llegando a las finales y ganándolas.
Paula Pineda.

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