Cuando una persona se despierta temprano por la mañana, solo piensa en una cosa, o bueno, la gran mayoría. Ese fin del día que otorga una tranquilidad pasmosa tras una semana dura y larga, muy larga. Si además, juega el Real Madrid, pues duele menos salir de la cama, es el Madrid, es lo que tiene. Avanzan las horas y, a pesar de que el tiempo siempre transcurre muy despacio cuando esperas algo con ganas, todo momento en esta vida acaba llegando, y así es como llegamos a las 20:45h de un viernes 18 de noviembre de 2016. El Palau Blaugrana pita sonoramente a una plantilla blanca con ganas de revancha, lo que no sabía nadie, es que esas ganas eran mucho mayores de lo que un simple aficionado al Barça puede imaginar. Encabezando la expedición, Sergio Llull, la gran joya de la corona, el alma de este Madrid. A sus lados, Jaycee Carroll (el francotirador), y Anthony Randolph (el guardaespaldas). 20 puntos de Llull, 19 puntos de Carroll y tres tapones para el recuerdo de Randolph después, y el Madrid había vuelto a reventar la historia. ¿Lo demás? Ya os lo sabéis.

El viernes de por sí es día de salir, pero claro, los chicos de blanco que dan patadas al balón tenían una cita en el Calderón, y quizás, bueno, seguro, los nervios eran más grandes dentro de mí que de cualquiera de ellos, por lo que de salir nada, tocaba descansar para lo que pudiera venir. El sábado, que se suele disfrutar como ningún otro día, se me hizo hasta largo. Los minutos de todos mis relojes no pasaban, y empezaba a quedarme sin uñas, cosas del derbi.

Pasadas las 19:30h salen las alineaciones, Zidane cambia el plan, y sienta a Karim, era el momento de Luquitas. Con un 4-4-2 de libro (casi) los chicos de Zizou deberían plantar cara a 11 rojiblancos y a unos cuantos miles de aficionados que no iban a aplaudir precisamente. Pues como si de un sueño se tratara, esa noche, por fin, iba a descansar como se merece. Los fantasmas del pasado con Varane y Nacho quedaron desterrados tras la exhibición de ambos, bordando la perfección en defensa. Mateo Kovacic se graduó con nota en un centro del campo más desprovisto que nunca, y Cristiano demostró por qué nunca hay que infravalorar al mejor (o uno de los mejores, no entro en jugadores del pasado) jugador que ha vestido jamás la camiseta blanca y el escudo del Madrid. Ni una, ni dos, sino hasta tres veces Oblak tuvo que girarse para recoger la bola de la red, y es que, el 7 blanco no tuvo piedad alguna. ¿El resto? Seguro que lo recordáis.

Así pues, os imagináis lo bien que me he despertado esta mañana, con una sonrisa de oreja a oreja, por esas pequeñas alegrías que siempre nos da nuestro querido, y admirado, Real Madrid. ¡Gracias!

Manuel Gómez (@Manu95G)

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Sobre El Autor

Del Real Madrid desde que recuerdo, que no es poco. Puedes leerme en mi cuenta de Twitter: @Manu95G