La primera gran crisis de la era Zidane ya está aquí y los enemigos del Madrid, como siempre, se frotan las manos con ella. Por los cuatro puntos cardinales del globo, el antimadridismo más voraz se relame con la mala racha de resultados y juego que el equipo más laureado de la historia está cosechando. Lo estaban deseando, habían sufrido demasiado en este 2017 que ya es historia viendo levantar a ese club que abominan cinco de los seis títulos a los que aspiraba. Ahora sí sonríen, ahora sí respiran tranquilos.

Clubes de fútbol, hinchadas rivales, redacciones periodísticas, periodistas fariseos, políticos y hasta actrices de medio pelo se alegran de que nos vaya mal. Y yo los entiendo y, casi si me apuran, me alegro de su dicha. Me alegro porque sé que el odio que desprende mi equipo es descomunal y eso es algo de lo que siempre me he sentido muy orgulloso. Saberme aborrecido por los demás no es más que la constatación de la grandeza absoluta del Real Madrid. Nadie antipatiza con quien queda último, con el pobre o el mendigo; sólo se odia al que gana casi siempre y es conocido en todas partes por su gloria. Así que, amigos, que nada, absolutamente nada os haga levantar bien alta la cabeza como el odio de quien siempre quiso ser como el Real Madrid y tuvo que conformarse con el segundo puesto.

Sin embargo, de toda esta situación y de las épocas convulsas de los últimos años, sí hay algo que me molesta junto con, evidentemente, la parte deportiva: los lobos con piel de cordero. Me detesta sobremanera leer y escuchar a cierto madridismo agazapado, escondido en la maleza a la espera de que esto llegase, de que los malos resultados volviesen y de que el equipo tropezase. Han estado ahí todo este tiempo, sonriendo con desgana con cada triunfo del que hacen llamar su equipo pero llenos de resquemor por dentro, notando el sabor de la bilis en sus bocas y la animadversión hacia una plantilla que siempre criticaron, como lo hicieron con su entrenador y, sobre cualquier otro cargo, con su presidente. Ahí están, aquellos que enarbolan esvásticas y demás banderas que únicamente abochornan a la gran mayoría del Bernabéu, jactándose de que todo vaya mal, riéndose de que se esté torciendo un proyecto que parecía indestructible. Porque a ellos ese Real Madrid que tanto dicen querer no les importa más que el calor de su butaca en ese estadio que, gracias a Dios, ya no les pertenece nunca más.

Ya se empieza a escuchar el runrún de ese “Florentino dimisión” sonrojante para muchos y muy recurrente para ellos. Poco importa que ningún otro directivo haya ganado tanto como él y que este Real Madrid se refleje directamente en el espejo del que creó don Santiago Bernabéu hace ya tanto, a ellos sólo les importa volver al cobijo de la reventa de entradas, las peleas de bar, las consignas  vomitivas y el esperpento como arma principal. Es ese madridismo escondido, cobarde y alentado por diversos medios de comunicación y una decena de periodistas que únicamente desean aprovecharse de la institución deportiva más importante del planeta, el que a mí, personalmente, tanto me asquea, tanto ardor estomacal me produce. Porque criticar a este equipo es absolutamente comprensible dado el nivel que está demostrando, pero querer tirar por tierra todo lo conseguido en estos años por el resentimiento manifiesto de la peor gentuza que nunca pasó por Chamartín, es algo muy diferente. Siempre he defendido que el Madrid es enorme porque se exige más y más a sí mismo; pero no me busquen a mí en la crítica barata, en la autodestrucción constante y en la necesidad apremiante de dilapidar todo lo conseguido para que el comentarista de la COPE o el nazi más radical de los ultras salga victorioso. No me busquen ahí porque ya les aseguro que no me van a encontrar, ni ahora ni nunca jamás.

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